In memoriam Pedro Morales Cuenca.


En la localidad conquense de Torrejoncillo del Rey, fue descubierta en el año 1955, por D. Pedro Morales, una cavidad revelada en sueños, como un lugar donde encontraría un singular tesoro escondido en un palacio de cristal.

Tres meses de intensos trabajos dieron como resultado el hallazgo de una cavidad subterránea que resultó ser una mina romana de lapis specularis, de la que no quedaba ni el recuerdo.

En la actualidad, gracias a la intervención de la asociación arqueológica: Cien mil pasos alrededor de Segóbriga y la diputación provincial de Cuenca, se ha convertido en lugar de obligada visita tanto por su interés histórico como cultural.

Si deseas saber más sobre esta historia, accede mediante este link

https://moraencantada.blogspot.com/2011/04/historia-de-un-sueno.html


jueves, 11 de agosto de 2022

AUGUSTO AGOSTO

 

Augusto, el hombre del mes de agosto: el gran propagandista de la Antigua Roma





De caudillo sanguinario a modelo virtuoso, el 'princeps' tuvo la necesidad de reinventarse a sí mismo a lo largo de toda su vida


Hombre supersticioso, habilidoso propagandista, político ambicioso, sanguinario caudillo, admirado estadista… Contradictoria resulta la figura de Augusto, el princeps que enarboló el modelo de virtud a imitar entre los emperadores romanos y a quien debemos el nombre del mes de agosto.

Una personalidad múltiple que ya desde tiempos antiguos diversos autores y sucesores en el cargo quisieron reflejar, aunque fuese entre líneas. Justiniano, a mediados del siglo IV d.C., escribió una sátira en la que imaginaba un banquete con el que los dioses daban la bienvenida a los deificados emperadores. Augusto aparecía descrito como una figura extraña e innatural, que cambia constantemente de color para confundirse con lo que le rodea, como un camaleón. Solo en última instancia, cuando es instruido por la filosofía, se convierte en un gobernante bueno y sabio.

La metáfora resulta acertada para resumir la biografía del longevo princeps —vivió hasta los 75 años—, que evolucionó del aspirante manipulador, ambicioso e implacable a figura venerable, respetada y querida por todos en la Antigua Roma. Pero descifrar al verdadero Augusto ha resultado una empresa quimérica para los historiadores; no precisamente por la escasez o el partidismo de las fuentes, sino porque fue un maestro del relato: tuvo la necesidad de reinventarse a sí mismo a lo largo de toda su vida.

Para empezar, fue un hombre con tres nombres. Nació en Roma en septiembre del año 63 a.C. como Cayo Octavio, se convirtió en Cayo Julio César al ser nombrado heredero del dictador y se le concedió en 27 a.C. el de Augusto gracias al voto del Senado y del pueblo romano. La historiografía moderna solo ha utilizado este último y el de Octaviano, que él siempre despreció porque así era como lo llamaban sus enemigos.



Sangre y purgas

Un dato reseñable de su historial reside en su permanente precocidad. Augusto se lanzó a la extremadamente violenta política de Roma con tan solo diecinueve años. De hecho, logró ser nombrado cónsul a esa edad —el cargo estaba vetado a los menores de cuarenta y dos— tras lanzar un órdago al Senado: como al principio su candidatura fue rechazada, marchó sobre la ciudad con un amplio despliegue de legiones, que no encontraron ningún tipo de resistencia.

Augusto se había formado bajo la toga de Julio César. El despiadado general hizo que el joven le acompañara en su campaña bélica en Hispania durante la guerra civil contra Pompeyo, aunque una enfermedad le impidió llegar a tiempo al teatro de operaciones y se perdió buena parte de la acción. Su asesinato le sorprendió en Grecia, estudiando retórica, oratoria y otras disciplinas imprenscindibles para un aristócrata de su proyección.

Como heredero señalado de César, Octaviano se granjeó poco a poco la legitimidad de su nombre y su posición. Incluso se endeudó para entregar a cada ciudadano la cantidad de trescientos sestercios que el dictador les había legado en su testamento. Y tras firmar la alianza con Marco Antonio y Lépido del triunvirato, se lanzó a la caza de los asesinos de su padre adoptivo.

Ese es uno de los capítulos más oscuros de su biografía: las proscripciones. En el Foro se expusieron dos listas de nombres, y quienes aparecieran en ellas podían ser ejecutados sin temor a represalias. Así le ocurrió a Cicerón, degollado cuando estaba a punto de subirse a un barco. Los triunviros incluyeron a varios ciudadanos ricos para pagar las deudas contraídas con los soldados y sufragar la campaña para castigar a los BrutoCasio y compañía.

La batalla naval de Accio (31 a.C.) fue un momento clave en la vida de Octaviano. Logró al fin derrotar a su nuevo y principal rival, Marco Antonio, a quien se describía en la Urbs como un Hércules ebrio abandonado a los placeres orientales e hipnotizado por los encantos de Cleopatra. Perfeccionando su idiosincrasia manipuladora, decidió pagar a su ejército con las monedas incautadas a su enemigo: mediante una hábil relectura de las acuñaciones, las legiones de Antonio representadas a través de águilas y barcos de guerra abandonaban ahora a su general y llegaban para engrosar las filas del Estado romano.

El joven y mortífero caudillo de las guerras civiles tuvo la habilidad para transformarse en el "padre de la patria". No solo logró el poder personal y monárquico que asustaba a los romanos, sino que logró que sus propios conciudadanos se lo entregaran. Proclamó, además, el regreso de la moral religiosa tradicional que se había difuminado en los últimos compases de la República y reconstruyó ochenta y dos templos de la ciudad en ruinas. Augusto, el salvador de Roma, el elegido.



Débil salud

Se conservan más imágenes de Augusto que de ninguna otra persona del mundo antiguo, pero la gran mayoría responden a un canon idealizado. Así lo retrata Suetonio, que empleó fuentes hostiles al princeps: "Tenía los dientes separados, pequeños y desiguales; el cabello, ligeramente rizado y tirando a rubio; las cejas, juntas; las orejas, medianas: la nariz, prominente en la base y recogida en la punta; la tez, entre morena y blanca; y la estatura, pequeña". Esta última característica llegó a ser un verdadero problema, ya que tuvo que usar alzas en público para parecer más alto.

Gozó Augusto de una "débil salud de hierro": era terriblemente friolero y de naturaleza enfermiza. En varias ocasiones estuvo al borde de la muerte: durante las guerras cántabras, por ejemplo, un rayo fulminó al esclavo que le acompañaba. Se salvó, más por azar y fortuna que por planificación, de acabar asesinado por veteranos amotinados o ciudadanos descontentos. También se arrodilló a la superstición: no emprendía ningún viaje el día siguiente a la celebración del mercado semanal y evitaba tratar cualquier asunto los días cinco o siete de cada mes.

El espíritu camaleónico lo desplegó asimismo en su vida amorosa. A su esposa, Livia, la primera mujer en la historia de Roma que realmente tuvo poder, se la robó a un magistrado de la familia Claudia y luego la engañaría con numerosos adulterios. Era el hombre que al mismo tiempo reivindicaba para el pueblo romano las virtudes del matrimonio, el que exilió a su hija, su nieta y su nieto y le dijo a otros que debían criar familias tradicionales. En su monumental biografía sobre Augusto (La Esfera de los Libros), Adrian Goldsworthy resume que "si hay una tendencia, esta es que en general su conducta mejoró según se fue haciendo mayor".

Sobre el emperador han sobrevivido multitud de anécdotas, chistes contados o protagonizados por él mismo e incluso una obra, la Res gestae, en la que recopiló ya en sus últimos años de vida un listado de sus logros y honores. No emerge ahí el caudillo que ascendió al poder absoluto derramando sangre, sino la historia del verdadero artífice de la reconstrucción del esplendor y el poderío de Roma. Octavio Augusto, el gran propagandista que se disfrazó de modelo virtuoso e impoluto.

Origen del nombre del mes de agosto

 Al igual princeps recibió el honor de que un mes fuera bautizado con su nombre. Algunos querían que fuera septiembre para conmemorar su nacimiento, pero él prefirió elegir el anterior, cuando se convirtió en cónsul por primera vez y consiguió tantas victorias. Sextilis, el sexto mes del antiguo calendario romano, y el octavo en el juliano, que contaba con 365 días y seis horas —solo se cometió un error de diez minutos y cuarenta y ocho segundos que sería subsanado en el siglo XVI por el papa Gregorio XIII—, se convirtió en Augustus, el actual agosto.




Fuente: https://www.elespanol.com/

martes, 26 de julio de 2022

COMO COMBATÍAN LOS ROMANOS...LAS OLAS DE CALOR

 

Los romanos combatían las olas de calor mejor que nosotros

Aunque no contasen con aire acondicionado o frigoríficos, la nobleza romana se las ingenió para sobrellevar el verano mejor que muchos de nosotros

Con este calor no hay quien salga de casa. Trabajar en verano es todavía más insufrible que en invierno, y las altas temperaturas hacen que hasta dormir se convierta en un suplicio. Solo el aire acondicionado, la piscina y las bebidas recién salidas de la nevera nos ofrecen un fugaz respiro en nuestra lucha contra la ola de calor. Y, sin embargo, somos unos privilegiados. Pensemos cómo de penosa sería nuestra existencia en julio privados de los avances tecnológicos actuales.

Hace unos dos mil años, los veranos fueron especialmente cálidos en el Mediterráneo. Durante este periodo, la Antigua Roma alcanzó su máximo esplendor entre el año 250 a.C y el 400 d.C. Teofrasto decía que se podían plantar palmeras en Grecia, pero que estas no llegaban a dar frutos. Y Plinio el Viejo observó que las hayas, que solo crecían a bajas latitudes, ya se habían convertido en árboles de montaña, así que se vivía en un clima bastante similar al actual.

Aunque extremo, nuestro verano no es inédito. Grado arriba, grado abajo, los romanos padecieron bajo el sol igual que nosotros.

El aire acondicionado de los patricios, la clave contra el calor



Los patricios, descendientes de las curias primitivas, eran los primeros ciudadanos. Es decir, las personas con derechos en Roma. Eran los encargados de regir y transmitir de padre a hijo el culto y los sacrificios, tal y como se explica en La ciudad antigua del historiador Fustel de Coulanges. Esta aristocracia disponía de numerosas propiedades, y sus casas estaban cuidadosamente diseñadas.

Pese a que el aire acondicionado se inventara en el pasado siglo, la casta ya disfrutaba de sistemas de ventilación primitivos que no solo tenían en cuenta la orientación de la vivienda con respecto al sol, sino también el flujo del aire de las mismas para refrescarlas en verano. Los arquitectos situaban puertas y ventanas en extremos opuestos de las habitaciones para propiciar las corrientes. Ya en el Antiguo Egipto contamos con testimonios de la construcción de atrapavientos, túneles verticales en los tejados para facilitar la salida del aire caliente, que es menos denso, en verano.

Estas técnicas no satisficieron del todo la comodidad de los más pudientes, que también se servían de las frías aguas que transportaban los acueductos para refrescar sus casas. Los patricios, y más tarde los plebeyos que se habían lucrado lo suficiente con el mercadeo, disponían del capital suficiente para que la tubería que comunicaba el acueducto con sus casas dispusiera del caudal suficiente para bañar los muros exteriores de la vivienda y refrescar de esta forma el interior.

Las casas de hielo y el gusto de los romanos por los helados



Pero también hay que refrescar el gaznate. Y ya desde los tiempos más remotos de los que tenemos algún tipo de testimonio, el hombre ha intentado preservar el frío a toda costa. En las viviendas de los más afortunados, era habitual que se dispusiera de una casa de hielo. Recubierto de paja y serrín, este pozo cavado en la finca de los patricios contaba con una gruesa bóveda como techo en la superficie que aislaba térmicamente su interior. Dentro se almacenaban grandes cantidades de nieve traída de las montañas en invierno para su uso en los meses estivales.

Obviamente, el proceso no era nada eficiente, tal y como se relata en el libro Ancient Inventions, de Peter James e I. J. Thorpe. Varios esclavos y animales de carga eran necesarios durante el proceso. Además, en el camino se perdía gran parte de ella porque pese a que el trayecto se realizaba por la noche, una parte se derretía. Pero a los ricos les compensaba, y la nieve se convertía en verano en un bien más valioso que el dulce vino. La popularidad de estas casas se extendió por Europa hasta hace unas pocas décadas con la llegada del aire acondicionado y la migración a las grandes y saturadas urbes.

Plinio el viejo deja testimonio del uso que se le daba a la nieve y el hielo, que se formaba en el fondo de los pozos. Inspirados por los griegos, en Roma se popularizó una especie de helado muy similar al que podemos disfrutar en la actualidad; una mezcla de nieve o hielo con frutas y miel que se amasaba, dando lugar a una crema suave y fresca. Los menos pudientes podían comprar alimentos frescos en una especie de puestos ambulantes que contenían alimentos enfriados con nieve que iban a buscar a la montaña por la noche.

«Prolongaba sus comidas desde el mediodía a medianoche, y de cuando en cuando tomaba baños calientes, o bien durante el verano baños refrescados con nieve», podemos leer a Suetonio describiendo la vida de Nerón Claudio en Vida de los doce Césares.

Su ingenio les hizo incluso fabricar hielo sin la ayuda de máquinas eléctricas. En los desiertos del norte de África o Palestina, los romanos se sirvieron de las bajas temperaturas que allí se alcanzan debido a la baja humedad para congelar el agua. Depositada en pozos cubiertos de paja, el agua se congelaba por la noche y se protegía durante el día mediante escudos muy pulidos que reflejaban la luz del sol para que el hielo no se derritiese hasta su almacenamiento en un pozo de hielo.

Un bañito en el frigidarium o la natatio



Para los romanos bañarse era un acto en sociedad, y una de las actividades predilectas en Roma. Todas las termas romanas contaban con una estancia donde se tomaban los baños fríos. En esta se podía disfrutar de piscinas que cubrían hasta el hombro para cerrar los poros abiertos tras tomar los baños tibios y calientes en el tepidarium y del caldarium. Los romanos realizaban estos tres pasos por sus supuestos beneficios para la salud. Durante el verano, los Romanos hacían uso de esos baños fríos para aliviar el sofoco veraniego. Y también contaban con piscinas al aire libre, denominadas natatio.

Las vacaciones de los emperadores para combatir el calor


Para el que se lo podía permitir, no había nada mejor para combatir el calor que huir de él. No son pocos los testimonios que conservamos de la clase alta romana que se refugiaba en las montañas o la costa huyendo del sofoco de la ciudad. Estos ya sabían que las grandes urbes se calentaban más de la cuenta por el efecto isla de calor. La polución ya era muy alta porque se quemaban grandes cantidades de madera.

Así que los patricios, plebeyos adinerados y emperadores marchaban a sus villas veraniegas. No solo escapaban del calor, sino también de la enfermedad. Las altas temperaturas eran propicias para la proliferación de todo tipo de bacterias en las ciudades. En la época de Pompeyo, la moda entre la crème de la crème de Roma era refugiarse en Bayas durante el verano. Fue una mezcla entre Las Vegas y Menorca, pero con patricios rumanos en lugar de jeques árabes y oligarcas rusos. Contaba con enormes jardines, piscinas y complejos termales cuyo lujo solo era superado por la de la capital del Imperio. Tenemos varios textos donde se describen sus alocadas fiestas donde el vino corría a raudales y las noches acogían todo tipo de excesos y vicios. Séneca la denominaba la ciudad del vicio.

Los niños no acudían a clase en verano porque se les cocía el cerebro, y ningún ciudadano trabajaba en las horas de mayor calor. Su jornada laboral solía ser de seis horas: desde el amanecer hasta el mediodía, que era la hora perfecta para ir a darse un baño y dormir la siesta. Los más pudientes contaban incluso con esclavos que les abanicaban con el flabellum, una especie de abanico grande y rígido.«En verano dormía con las puertas de su cámara abiertas y a menudo bajo el peristilo de su palacio, en el que el aire era refrescado por varios surtidores de agua y donde tenía además un esclavo encargado de abanicarle», dice Suetonio sobre el emperador Augusto también en Vida de los doce Césares.


Fuente:https://hipertextual.com/

domingo, 17 de julio de 2022

UNA POSADA EN COLLADO MEDIANO

 

La posada romana de Collado Mediano que nos cuenta cómo se viajaba en Hispania

Cama, comida y baño. Tres cosas clave para un romano que era posible encontrar en la Sierra de Madrid, en un lugar emblemático para las comunicaciones, citado en el Itinerario de Antonino

Aspecto de las ruinas de la posada en la actualidad




Roma fue poderosa por sus leyes y sus comunicaciones. En la Comunidad de Madrid hay pruebas de ellos. Por ejemplo, en Collado Mediano. Y es que el Imperio había dispuesto, por ley, que aproximadamente cada 100 kilómetros –unas 60 millas romanas- existiese una Mansio para recibir a los oficiales del ejército y a los hombres de negocios romanos que recorrían el imperio. Aunque posteriormente esta especie de hostal o fonda se adaptaría a todo tipo de público.

Esta “mansio” romana, como tantas otras, disponía, en torno a un amplio patio interior, de un dormitorio común para que los huéspedes pudieran pasar la noche y un área de baños y de cocina, con su impluvium o, como lo conoceríamos más tarde con la llegada de los árabes, aljibe para el agua.

Pese a que Collado Mediano es una localidad poco conocida históricamente, los romanos la eligieron para situar su posada por su excepcional localización: desde sus inicios ha sido una zona a pie de monte por la que se podía llegar al Sistema Central atravesando los distintos puertos de montaña que le rodean. Por su emplazamiento, siempre ha sido un lugar que ha visto pasar por sus tierras distintas civilizaciones y culturas. Esta localidad era una zona llana que servía de paso para que los viajeros descansaran antes de emprender su viaje hacia la Sierra.

Recreación del interior de la posada


No era de extrañar que la mansio de Miaccum se encontrase en las dehesas y prados de Collado Mediano; una zona rica en minerales, pastos y agua. De ahí se explica la tradición cantera de piedra granítica y ganadera del pueblo. De hecho, por esta localidad pasa la Cañada Real y cantidad de veredas y caminos.

Las ruinas de la posada de Miaccum se encuentran en las dehesas de Collado Mediano, concretamente en el paraje conocido como “El Beneficio”. Por estos pastos transcurre la vía pecuaria “Vereda de Entretérminos” que junto con las seis vías restantes demuestran la importancia ganadera que tiene esta localidad.

El enclave romano está situado sobre la calzada o vía XXIV citada en el Itinerario de Antonino (documento de la Roma Antigua que recopilaba todos los caminos del Imperio). Dicha calzada unía Titulcia, municipio al sur de la Comunidad de Madrid, con Segovia a través del Puerto de la Fuenfría.

Las investigaciones revelaron que las ruinas de la “mansio” romana datan del siglo I d.C y que esta construcción vivió su máximo apogeo entre los siglos II y IV d.C. Según los historiadores, se trata de la posada más importante de la Comunidad de Madrid. Este verano puede ser una buena oportunidad para conocer el pasado romano de Madrid. Aunque también -y quizá sea más realista-, verlo en invierno, para poder apreciar la importancia de esos espacios de descanso y refugio en medio del inclemente tiempo de la Sierra.


Calzada romana de la Fuenfria




Fuente:https://www.larazon.es/

Articulo relacionado con esta entrada:

 https://moraencantada.blogspot.com/2022/06/miacum-un-pedazo-de-roma-en-madrid.html

https://moraencantada.blogspot.com/2022/06/estaciones-de-servicio-romanas.html

domingo, 10 de julio de 2022

ELIO GALO EN ARABIA

 

Elio Galo, el prefecto romano que encabezó una expedición a Arabia






Aunque la península arábiga no forma parte de ese continente, también podría sumarse a esos territorios lejanos que alcanzó Roma, ya que, siguiendo órdenes de Augusto, hasta allí llegó un ejército del prefecto de Egipto, Elio Galo, cuya misión terminó mal.

Cayo Octavio, adoptado por su tío-abuelo Julio César en el año 44 a.C., le sucedió tras deshacerse de sus principales rivales, Marco Antonio y Cayo Emilio Lépido, con quienes había formado inicialmente el conocido como Segundo Triunvirato para repartirse el poder y evitar una guerra que al final no se pudo evitar. Corría el año 27 a.C. cuando el Senado concedió a Octavio el cognomen de Augusto primero y el título de princeps después, convirtiéndolo en emperador de facto hasta el punto de que adoptó el nombre oficial de Imperator Caesar Divi Filius Augustus.

A partir de ahí fue concentrando en su persona todas las competencias políticas, si bien concediendo algunas a los senadores para mantener la ficción republicana; pero lo hacía sin que tuviera a nadie en la oposición, lo que le permitió concentrar su atención en solucionar los problemas de su nuevo imperio. En el plano militar, el más acuciante era solventar la resistencia de los pueblos del norte de Hispania, cántabros y astures, que permanecían irreductibles desde un cuarto de siglo antes. Corría el dicho año 27 a.C., cuando Augusto reestructuró la península ibérica en tres provincias, Bética, Tarraconense y Lusitania, quedando encuadradas en esta última Asturiae y Gallaecia.

Al año siguiente se desplazó personalmente y estaba inmerso en esa campaña -que no terminaría hasta el 19 a.C- cuando el rico botín que iba obteniendo a costa de las minas locales -sobre todo el oro de Las Médulas- le animó a emprender otras conquistas estratégicas, creando territorios tapón contra posibles incursiones exteriores: en la región alpina contra el peligro germano y en Armenia contra los partos. Al final de su reinado, hacia el año 10 d.C., incluso apadrinaría -o al menos permitiría- la expedición que el rey de Numidia, Juba II, aliado de Roma, envió a la Mauretania Tingitana (Marruecos), estableciendo una factoría de producción de púrpura en Mogador (actual Essaouira).

Mogador y Sala Colonia (también llamada Salé, actual Chellah), sirvieron de base para visitar Canarias, Madeira, Santo Tomé y Príncipe, Cabo Verde y Fernando Poo hacia el año 10 d.C. No se ha podido determinar si esos marinos pudieron desembarcar en la costa guineana, pero el caso es que allí se han encontrado -al igual que en Togo, Ghana, Nigeria y Níger- monedas romanas. Bien es cierto que pudieron llegar por vía comercial, aunque lo importante es que el punto de mira se ponía ya en latitudes bastante lejanas.

En ese sentido, el año 26 a.C., el mismo en que los romanos fundaban las ciudades hispanas de Portus Victoriae Iuliobrigensium (que no está claro si se trata de las actuales Santander o Santoña) y Iulia Ilici Augusta (Elche), y los generales Cayo Antistio Veto y Publio Carisio dirigían la guerra contra los citados cántabros y astures respectivamente, un Augusto que seguía las operaciones más o menos de cerca decidió emprender otra aventura militar y esta vez en una tierra tan exótica como la Arabia Felix, que quizá recuerde algún lector por el artículo que dedicamos al explorador danés Carsten Niebuhr.

busto de Elio Galo

Arabia Felix era el nombre que se daba en la Antigua Roma a una de las tres provincias en que se dividiría la península arábiga, la costera, siendo las otras dos la Arabia Pétrea (el antiguo reino nabateo, en las actuales Jordania, sur de Siria e Israel, Sinaí y noroeste de Arabia Saudí) y la Arabia Deserta (el desierto interior, evidentemente, poblado por tribus nómadas), tras su conquista. Pero ésta se llevaría a cabo ya en los inicios del siglo II d.C. De momento, la Arabia Felix, que correspondería aproximadamente a los actuales Yemen y Omán, permanecía libre del poder romano.

Eso sí, su posesión resultaba tentadora porque en la Antigüedad el clima era un poco diferente, menos seco que ahora y, por tanto, se trataba de una región cubierta de fértiles campos. No obstante, lo más apetecible estaba en que, al abarcar los litorales del Mar Rojo y el Mar Eritreo, la hacían ser un núcleo comercial clave para la mercadería de las especias aromáticas y otros productos que llegaban desde la India y el Cuerno de África: canela, almizcle, incienso, mirra, gemas, tejidos, cosméticos, fármacos….

Según Estrabón, el territorio se repartía entre cinco reinos, cada uno especializado en un artículo, con el puerto principal situado en el Mar Rojo, en Eudaemon (hoy Adén), nombre griego que significaba fértil o productivo, si bien los romanos lo tradujeron como feliz, en ese sentido. Y precisamente Estrabón era amigo íntimo de Elio Galo, el hombre designado por Augusto en el año 24 a.C. para liderar esa expedición; de hecho, la principal fuente que tenemos para conocer ésta es su obra Geografía, completada por la Historia romana de Dión Casio y la Naturalis Historia de Plinio el Viejo, más algunos detalles de Antigüedades judías de Flavio Josefo.

Narraciones incompletas, en cualquier caso, ya que no se sabe casi nada de Galo anterior a ese viaje, salvo que quizá fue padre adoptivo de Sejano, prefecto de la Guardia Pretoriana y luego mano derecha de Tiberio) y que pertenecía al ordo equester (los équites, una clase social intermedia entre la senatorial y la plebeya) y que seguramente era el mismo al que cita Galeno a menudo, al haber tomado nota de remedios que empleó durante su misión.


En el 26 a.C., Galo fue nombrado praefectus Alexandreae et Aegypti (prefecto de Alejandría y Egipto), un cargo recién creado, similar al de procónsul y adscrito directamente a Augusto por la importancia económica del país, famoso «granero de Roma» (de ahí que también incluyera Augustalis en la denominación), cuyo primer titular era Cayo Cornelio Galo. Éste lo obtuvo, al igual que el ascenso social a eques, por su apoyo decidido a Octavio, cuya flota dirigió en Egipto. Allí contuvo a los últimos Ptolomeos en Tebas y comenzó una campaña de autoglorificación -estelas, estatuas…- que a la postre iba a serle contraproducente.

Y es que el Senado consideró que planeaba una secesión de Egipto, así que lo mandó procesar por alta traición y Cornelio Galo acabó desterrado primero y quitándose la vida después, ese mismo año. Pese a su amistad, el emperador no hizo nada por evitarlo, acaso cayendo también en la sospecha o quizá entendiendo que todo se debía a una acción senatorial para recortarle a él méritos militares y poder. A Cornelio Galo le sucedió su tocayo, que una vez en Egipto supo que su predecesor había abierto relaciones comerciales con Etiopía, una región que servía de puente con la península arábiga por su proximidad.

La noticia también debió llegar a Augusto, que, como decíamos antes, en el 24 a.C. encargó al nuevo prefecto que organizase una expedición a Arabia Felix con el objetivo de firmar tratados de amistad con esos reinos tan boyantes o, en caso de negativa, conquistarlos. Con ello se conseguiría, por un lado, mantener entretenido al nuevo prefecto, previniendo que le entrasen ambiciones como las de su predecesor; por otro, acceder a unas riquezas que se suponían desbordantes, reduciendo tanto los costes que suponían los largos viajes como las tasas que imponían los intermediarios entre la región y el Mediterráneo, al poder navegar directamente hasta la India por el Índico.

Entre esos intermediarios figuraban los sabeos, pueblo semítico que en fecha desconocida atravesó la península y fundó el Reino de Saba (actual Yemen) hacia el siglo XII a.C., dedicándose al comercio de especias aromáticas. También los himyaritas, que griegos y romanos llamaban homeritas, dedicados a la agricultura y al tráfico de mirra y olíbano, y que un año después del episodio que contamos aquí invadirían Saba. Y hay que citar asimismo al reino lájmida, también conocido como munadhírida, dirigido por la tribu de los Banū Lajm (Hijos de Lajm), que vivían en la meseta iraní, en la orilla derecha del río Éufrates, controlando el paso de especias a la península arábiga por tierra.

Emperador Augusto

Inmediatamente, Elio Galo puso manos a la obra y ordenó concentrar una flota de ochenta birremes y trirremes en Alejandría. Las dimensiones eran desmesuradas, si se tiene en cuenta que no había un estado de guerra propiamente dicho y los presuntos enemigos potenciales carecían de fuerza naval que oponer, así que finalmente sustituyó los barcos de guerra por ciento treinta de carga en los que embarcó a los soldados de la Legio XXII Deiotariana. Junto con los auxiliares hebreos (quinientos) y nabateos (un millar) enviados respectivamente por los reyes Herodes I el Grande y Obodas III, sumaban unos diez mil hombres.

La citada legión, creada en tiempos de Cayo Mario, en el año 48 a.C., debía su nombre a Deyotaro, rey de los tolistobogios, una tribu gálata -celta- de Galacia (actual Turquía), que se alió con Pompeyo contra Mitrídates VI en la llamada Tercera Guerra Mitridática para después acompañar a Julio César en su campaña por el Ponto. Estaba compuesta por legionarios gálatas, pero entrenada y dirigida por oficiales romanos, integrándose en el ejército imperial y destinada a Nicópolis (localidad cercana a Alejandría) junto a la Legio III Cyrenaica.

Las tropas realizaron la travesía -incomprensiblemente larga, de catorce días- y desembarcaron en Leuke Kome, la villa más meridional del reino nabateo, desprovista de defensas y de localización indeterminada, aunque Plutarco, en el episodio dedicado a Marco Antonio de sus Vidas paralelas, la sitúa entre los puertos de Beirut y Sidón (hoy se cree que coincide con Wadi Ainounah, en el golfo de Áqaba). Allí se produjo el primer contratiempo: Galo se vio inmovilizado todo el invierno debido al debilitamiento que las continuas enfermedades causaron a los soldados, que se sumaron a las resultantes del naufragio de algunas embarcaciones.

Por suerte, contó con la acogida del rey de los zamudíes, una tribu árabe del norte peninsular que aportó efectivos para cubrir las diezmadas filas romanas (posteriormente, cuenta Notitia dignitatum, un documento del siglo V d.C. que detalla la organización administrativa romana, los zamudíes se integrarían en la caballería del ejército imperial). Los mil guerreros nabateos enviados por Obodas III habían acudido al mando de su ministro Sileo, que como conocedor de la zona debía ejercer de guía. Sin embargo, el monarca no se fiaba de los romanos y encargó a su subordinado que demorase cuanto pudiera el avance de éstos. Sileo no sólo lo hizo sino que luego condujo a Galo por el peor camino hacia Aretas (quizá Medina), reino que llevaba el nombre de su soberano, pariente de Obodas, que tardaron en alcanzar un mes.

A continuación siguieron desierto a través hacia Ararene, en el reino sabeo, lo que hizo escasear las reservas de agua y comida, volviendo a extenuar a las tropas y provocando que continuara mermando su número; por las enfermedades e insolación, ya que los naturales no eran especialmente belicosos ni diestros en la guerra. Sileo evitó recalar en los oasis más grandes, como los de Yathrib-Medina o Dedam, y a duras penas consiguieron alcanzar el de Negrana (quizá Najrán, en el sudoeste de la actual Arabia Saudí), que medio milenio después sería el eje caravanero transpeninsular más importante, enlazando La Meca con Gaza a través de Medina.

Galo tomó posesión del lugar, como hizo a continuación con Nasca (en el actual Omán) y Athrula (localidad que no ha sido identificada), llegando a lo que Estrabón llama reino de los rhamanitas, a los que Plinio suponía descendientes de Radamantis, hijo que Zeus tuvo con Europa y hermano del legendario rey Minos de Creta. Después consiguió presentarse ante las murallas de Marsiaba (o Marsibia o Mariaba, la hoy yemení Marib, ciudad natal de la célebre reina de Saba), a la que puso sitio. El asedio no pasó de seis días porque las epidemias se cebaron con los romanos, así que el prefecto tuvo que conformarse con los alrededores, muy fértiles y prósperos gracias al riego que propocionaba una gran presa de la que ya hablamos en otro artículo.

Paralelamente, y como medida desesperada, Galo envió a un mensajero a la costa ordenando a su flota que tomara Eudaemon. Sin embargo, y pese a que el objetivo no distaba más de un par de jornadas, el prefecto renunció a marchar hacia allí con su infantería, asumiendo que la expedición había fracasado -aunque es raro, teniendo en cuenta su superioridad en el campo de batalla, por lo que es posible que se reclamara su presencia en Egipto- y no quedaba sino emprender el regreso antes de que enfermasen y muriesen todos o los enemigos aprovechasen su postración para unirse contra ellos.

Si el trayecto de ida se había prolongado durante seis interminables y penosos meses, el de retorno sólo ocupó unos sesenta días, puede que debido a que Galo se percató de la traición de Sileo -arrestado y enviado a Roma- y tomó otra ruta pasando por Hepta Phreata, Chaalla, Malotha y otro lugar inidentificado, Egra, así como por Mios Hormos, un puerto en el Mar Rojo construido por los Ptolomeos en el siglo III a.C. y que también fue un importante centro comercial con la India, tal como dejó escrito Estrabón (confundiendo, por cierto a Elio Galo con su predecesor):


Por fin, pasado el Mar Rojo y bajando por el Nilo hacia el delta, aquella desventurada expedición arribó a Alejandría, exhausta y fracasada, para encontrarse con un panorama no mucho mejor en Nubia. La kandake Amanirena, reina de los kushitas a la que Estrabón llama Candace y que parece ser que era tuerta, había aprovechado aquel medio año de ausencia para sacudirse el vasallaje a Roma, atacando Asuán y Filé, expulsando a los judíos de Elefantina y llevándose un buen botín. Amanirena incluso mandó enterrar la cabeza de una estatua de bronce de Augusto a la puerta de su palacio para que todos la pudieran pisar al entrar y salir, en un inequívoco y simbólico gesto de insumisión.

La Legio III Deiotariana, que en realidad únicamente sufrió siete bajas en combate, tuvo que aplazar su ansiado descanso para hacerles frente, pero no fue capaz de imponerse y el emperador destituyó a Elio Galo ese mismo 25 a.C., nombrando para sustituirle a su amigo Publio Petronio, del que tampoco se sabe gran cosa más que logró tomar Napata y forzar una negociación con los kushitas. La culminó cinco años después, en un tratado relativamente negativo para Roma, ya que implicaba una reducción de la frontera (quedó situada en Hiere Sycaminos, hoy Maharraqa) y la evacuación de varias guarniciones fortificadas.


Para entonces, Elio Galo ya había desaparecido de la Historia; no había podido triunfar en su misión, pero ésta tampoco fue un fiasco total, pues la experiencia de recorrer la península arábiga proporcionó abundantes datos geográficos de primera mano y fomentó el interés romano por abrir relaciones comerciales en esas latitudes. En el año 106 d.C., Trajano fue un paso más allá y anexionó al imperio el rico reino nabateo, tal como había imaginado Obodas III, creando la provincia de Arabia Pétrea y asignando su defensa a la Legio III Cyrenaica; el resto quedó libre, salvo esporádicos puestos y el vasallaje impuesto al Reino Himyarita.

Fuente:  https://www.labrujulaverde.com/

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