In memoriam Pedro Morales Cuenca.


En la localidad conquense de Torrejoncillo del Rey, fue descubierta en el año 1955, por D. Pedro Morales, una cavidad revelada en sueños, como un lugar donde encontraría un singular tesoro escondido en un palacio de cristal.

Tres meses de intensos trabajos dieron como resultado el hallazgo de una cavidad subterránea que resultó ser una mina romana de lapis specularis, de la que no quedaba ni el recuerdo.

En la actualidad, gracias a la intervención de la asociación arqueológica: Cien mil pasos alrededor de Segóbriga y la diputación provincial de Cuenca, se ha convertido en lugar de obligada visita tanto por su interés histórico como cultural.

Si deseas saber más sobre esta historia, accede mediante este link

https://moraencantada.blogspot.com/2011/04/historia-de-un-sueno.html


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sábado, 3 de diciembre de 2022

Vacaciones por la Roma imperial: el manual del trotaimperios

A través de las aventuras del ficticio patricio Marco Sidonio Falco, Jerry Toner nos arrastra a un viaje tan real como histórico por la Antigua Roma planteado con ojos de un contemporáneo

 

 


 

 Saludos desde la antigua Roma.


Mi nombre es Marco Sidonio Falco, un romano noble de nacimiento. Con la ayuda de mi ayudante, el Dr. Jerry Toner, he escrito un relato de mi recorrido por el imperio romano en su apogeo. Únase a nuestro viaje hacia el este para disfrutar de los grandes festivales de Grecia y explorar el centro cultural de Atenas. Acompáñenos a visitar la joya de Éfeso y comparta nuestro viaje por el Nilo para ver las antiguas pirámides y la estatua parlante del dios Memnon. Viajando hacia el oeste por el granero del Imperio, se deleitará con la fecundidad de Hispania, de la que conoceremos cómo se extrae el oro y los buenos caballos de esa provincia, y la belleza de la Galia, antes de cruzar a Britania, donde también sufrirá lo peor que la vida provinciana puede ofrecer.


No todo será sencillo y experimentará los terrores de los viajes por mar, las chinches y la pésima comida de las posadas de carretera, y los peligros de los bandidos. Mi guía ofrece consejos prácticos para sobrevivir a todas estas dificultades. Es el Imperio romano el que ha hecho posible todos estos viajes. Su excelente red de comunicaciones, tanto por carretera como por mar, ha generado una circulación fácil y segura. Los romanos hemos cartografiado el mundo, tendido puentes sobre los ríos y cortado caminos a través de las montañas. Sin embargo, casi ninguno de los que desean conocer los aspectos más destacados del imperio tiene idea de por dónde empezar. Esta guía les dirá todo lo que necesitan saber.

 

 


 

El destacado clasicista británico vuelve a recurrir a su alter ego Marco Sidonio Falco para recorrer los territorios imperiales y mostrar cómo era ser un romano.


Cuando se le pregunta a un gran experto en la Antigua Roma por un lugar fascinante para remontarse dos milenios en la historia, uno no espera que el Coliseo, por básica, sea la respuesta. Pero la argumentación de Jerry Toner, director de estudios clásicos en el Churchill College de la Universidad de Cambridge y cuya línea de investigación ha consistido en observar el mundo romano “desde abajo”, en reconstruir la vida cotidiana de la gran mayoría no que formaba parte de la élite, disipa cualquier duda.

“Es un edificio icónico e impresionante, pero está construido por muchos cautivos y con las ganancias de la guerra contra los judíos, y donde miles de personas fueron ejecutadas y murieron luchando”, explica a este periódico al otro lado de la pantalla, desde su despacho. “Es, en cierto modo, una metáfora del Imperio romano: si miras los restos, no puedes evitar quedar impresionado, pero al mirar más profundamente, detrás de la estructura, te das cuenta de que fue un mundo muy diferente y brutal”.

Toner ha abordado la violencia, los extraños preceptos morales que gobernaron la Antigua Roma o la cultura popular en ensayos fabulosos como Infamia (Desperta Ferro, 2020) o Sesenta millones de romanos (Crítica, 2012). Ahora regresa con la continuación de uno de sus proyectos más originales y divulgativos: la serie en la que el aristócrata Marco Sidonio Falco, su alter ego, cuenta cómo era su vida en el siglo II d.C. En Guía de viaje por el Imperio romano (Crítica), emprende un grand tour por los extensos territorios de la Urbs tras perder el beneplácito del emperador.

Pregunta. ¿Por qué contar la historia de la Antigua Roma de una manera tan peculiar?

Respuesta. Porque quiero que la gente tenga una idea de cómo era ser un romano, para conocer cómo pensaban los romanos. Creo que es muy cómodo pensar que los romanos eran como nosotros, pero con togas. Son similares en algunos aspectos, pero en muchos otros muy diferentes. Falco nos proporciona una forma de entender las fuentes romanas más o menos desde su punto de vista, de que nos hablen de un modo que los historiadores no podemos. Aunque no deja de ser problemático: él adora el Imperio.

P. De la misma forma que en Cómo manejar a tus esclavos (La Esfera de los Libros, 2016) o Release Your Inner Roman, emplea un estilo muy fresco y erudito al mismo tiempo. ¿Qué le permite este tipo de libros que no puede hacer en un ensayo académico?

R. Obviamente, alcanzar una audiencia mucho más amplia. No hay mucha gente que quiera leer mis libros académicos. Además, quiero popularizar el mundo antiguo: es un periodo muy fascinante y quiero que el resto comparta esa fascinación. Muchas fuentes romanas son muy difíciles, como las inscripciones de temas legales. Aquí puedo reescribirlas de una forma que es mucho más accesible para un público moderno.

P. Falco dice que el Imperio romano no era cruel. Usted en Infamia ha mostrado todo lo contrario: un tríptico de atrocidades.

R. Los romanos no se consideraban crueles en absoluto, pero obviamente lo eran: si te rebelabas, te aplastaban. Pero entonces te dirían que los beneficios fueron cientos de años de pax romana. En el mundo preindustrial, la mayoría de estados estuvieron constantemente en lucha; mientras que alguien nacía en la Hispania o Britania del siglo II d.C., probablemente nunca viese una guerra en su vida. Es imposible decir que una cosa convierta la otra en moralmente justificable, pero desde el punto de vista romano había muchas ventajas.

P. De hecho, está esa famosa sentencia de Gibbon de que aquella época del Alto Imperio fue la más feliz y próspera de la historia…

R. En realidad, solo ha existido ese periodo en Occidente tras la II Guerra Mundial. Si retrocedemos en la historia, el siglo II sería el que escogeríamos para vivir si fuésemos romanos, aunque no necesariamente lo haría un esclavo o un judío.

P. Buena parte de su obra se ha centrado en estudiar a esa mayoría de la sociedad romana que no formaba parte de la élite. ¿Qué nos enseñan los esclavos o los pobres?

R. Una cara muy diferente del Imperio romano. Falco es un aristócrata rico que puede viajar de forma lujosa y disfrutar sus ventajas, pero esa sociedad necesitaba un montón de trabajadores esclavos para seguir funcionado. Falco, no obstante, diría que la pax romana también reportaba beneficios a la gente común, como los campesinos, mediante la estabilidad y una cierta prosperidad económica gracias al comercio. La esclavitud en la Antigua Roma no era exactamente como la angloamericana de plantaciones de cultivos capitalista. Era una mezcla de agricultura y estatus, de mostrar a tus esclavos en tu villa aunque realmente no hiciesen nada, simplemente para enseñar lo que uno se podía permitir.

P. Otra diferencia importante es que en Roma un esclavo se podía convertir en una persona libre.

R. Desde luego. No todos ellos, pero sí un número significativo. Si trabajaban duro y mostraban la actitud correcta, podían ser recompensados con la ciudadanía romana o la libertad. Así que la esclavitud permitió mucha más movilidad social. Además, no tenía un elemento racial: en Estados Unidos se sabía quiénes eran los esclavos solo con mirar a las personas, mientras que en Roma, una vez liberados, casi todos los esclavos podían desaparecer en ese gran crisol que era la población romana.

P. En Roma se daban multitud de robos al día y el orden prevalecía gracias a la violencia. ¿Cree que tendemos a idealizar el mundo clásico y nos olvidamos de este punto de vista?

R. Si nos metiéramos en una máquina del tiempo y viajásemos a Roma, estaríamos horrorizados por la jerarquía, las desigualdades, las terribles condiciones y la brutalidad ocasional. Me refiero a la violencia incluso en los tribunales de justicia, donde los esclavos eran torturados cuando testificaban. Creo que lo encontraríamos absolutamente repugnante.

P. En Infamia escribe que “a los romanos les parecería que nuestros valores y los suyos no eran muy distintos: una fe indestructible en la realización personal y el lucro”. Es una tesis muy provocadora.

R. El nivel de brutalidad es probablemente superior en el mundo romano, pero creo que dirían que en Occidente simplemente externalizamos nuestra violencia. Hay una guerra de poder en Ucrania, como las que hubo en Vietnam o Afganistán. En términos de producción de ropa, por ejemplo, usamos mano de obra barata y muy pobre de otras partes del mundo. Se estima que hay más de 50 millones de personas esclavizadas en el mundo moderno —cinco veces más que en la Antigua Roma, aunque obviamente sobre una población mucho mayor—. Pero es fácil para nosotros mirar solo a nuestros propios países occidentales cómodos y ricos, y olvidar que dependemos de mucha mano de obra barata.

P. En los últimos años estamos viendo muchos estudios que señalan que emperadores como Nerón o Calígula no fueron tan malvados y que muchas de sus excentricidades fueron mera propaganda. ¿Pueden estas investigaciones provocar una suerte de blanqueamiento de la brutalidad romana?

R. Es cierto que las historias de Tácito y Suetonio pintan una imagen exagerada de sus gobiernos. Los emperadores que maltrataron al Senado, a la clase letrada, recibieron una mala historia. Nerón, en realidad, parece haber hecho muchas cosas bastante sensatas, particularmente al principio, porque era popular entre la gente. Pero esa fue una de las razones para provocar el rechazo del Senado. Es una cuestión difícil, porque creo que las historias que lees sobre ellos a menudo son exageradas y, sin embargo, si no tenemos cuidado, si tratamos de absolver a toda la Antigua Roma por sus crímenes violentos, entonces estamos yendo demasiado lejos. Incluso si Nerón no era tan malo como se ha dicho, el Imperio romano todavía es brutal.

P. Los orígenes míticos de Roma están marcados por la violencia sexual contra las mujeres. Los romanos celebraban la violación y pensaban que la mujer era inferior. Pero las investigaciones recientes han desvelado un panorama mucho más complejo. ¿Se está haciendo al fin justicia con la fémina romana?

R. ¿Justicia? Es una palabra complicada… La gente es mucho más consciente de la posición subyugada de las mujeres en lo que era una sociedad muy patriarcal, jerárquica y violenta. Las actitudes en torno a la violación eran muy diferentes a las actuales: se veía principalmente como una ofensa contra el padre o la familia ya que dañaba su posesión de la misma manera que si golpeabas al esclavo de alguien, no estabas cometiendo un crimen contra el esclavo, sino un delito contra el dueño porque dañabas esa posesión.

»Es cierto que ha habido mucho trabajo para devolver a las mujeres romanas algo de su voz. El problema, y es lo que el libro de Falco intenta mostrar, es que el tipo de evidencia que tenemos proviene casi en su totalidad de hombres ricos, blancos y de mediana edad. Siempre estamos tratando de ver las cosas de manera diferente, pero siempre terminamos teniendo que ver las cosas a través de sus ojos. Eso limita cuánto podemos saber realmente sobre lo que pensaban los esclavos o, de hecho, lo que pensaban las mujeres, porque simplemente apenas salen en las fuentes.

P. ¿Qué lecciones pueden enseñarnos los antiguos romanos?

R. Cuando Gibbon escribió su historia de la caída del Imperio romano, Gran Bretaña acababa de perder su primer imperio en Estados Unidos. Y quería aprender de la historia cómo mantener y hacer crecer un imperio. No creo que queramos aprender esas lecciones hoy en día. Debemos aprender los problemas de la jerarquía, por qué la violencia nunca va a brindar justicia social, que los intereses no deben evitar que veamos las cosas desde un punto de vista más igualitario… Así que no estoy seguro de que los antiguos romanos nos enseñen lecciones, pero tal vez nos recuerdan lo que deberíamos intentar hacer en nuestras vidas.

P. ¿Quedan muchos misterios por resolver de la Antigua Roma?

R. Hay todo tipo de cosas que no sabemos: lo que pensaban los esclavos o la gente común de los ‘malos emperadores’ como Nerón. Pero no creo que nunca vayamos a encontrar los libros perdidos de Tácito o Tito Livio. Creo que siempre podremos hacer nuevas preguntas sobre Roma y arrojar algunas respuestas interesantes para que reflexionemos, pero no puedo ver que vayamos a obtener un montón de nuevas pruebas.

P. ¿Estamos en el momento en que menos atención se presta al legado clásico, en el que solo buscamos emperadores depravados para compararlos con los políticos actuales?

R. En Reino Unido, cuando miramos la historia de la familia Julio-Claudia y la de los últimos primeros ministros, resulta muy tentador y sencillo dibujar comparaciones. Pero no creo que estemos presenciando un decaimiento en el interés. El tema está seguro, aunque es muy fácil concentrarse en los emperadores locos y, en cierto modo, perpetuar una visión ligeramente estereotipada del mundo romano cuando, en realidad, sabemos que era mucho más complicado, particularmente al mirarlo a través de sus provincias.

 

 

Jerry Toner

 

FUENTE: www.elespanol.com

 

sábado, 22 de octubre de 2022

LA GUARDIA PRETORIA

 

"La guardia pretoriana. Ascenso y caída de la escolta imperial de Roma", de Guy de la Bèdoyére






Hoy les presentó otro libro, de mucha enjundia, y muy esclarecedor, sobre un hecho histórico esencial para la comprensión de lo que ocurrió en la política del Imperio de Roma, y que decidió gobiernos y gobernantes a su antojo o a su libre albedrío. Fue un aparato de poder y de represión ingente, decisorios absolutamente, a partir de la creación, por la elucubración mental autoritaria de uno de los emperadores más amorales o cínicos, por su inteligencia preclara y tortuosa, que existieron en el Alto Imperio Romano.

Me estoy refiriendo al Emperador César Augusto; y, asimismo, para dejarlo todo claro está este estupendo volumen. La organización de la guardia pretoriana o cohortes praetoria, no era tan precisa como se piensa en la actualidad, aunque sí es verdad que era una de las organizaciones del SPQR más significadas. Era el cuerpo militar más prestigioso de Roma, por lo que el legionario que entraba en los pretorianos incrementaba, muy mucho, su nivel social y económico, lo que le iba a permitir vivir más que bien cuando le llegase la hora del retiro; partiendo de la base de que los soldados romanos eran la imagen interna y externa del poder de la sociedad de Roma.

Este hecho tenía su subrayado claro en que, para poder mantener toda esta estructura de poder, dentro y fuera de la Península italiana, la cohesión legionaria exigía un servicio militar obligatorio, y de muchos años de duración; pero, desde siempre, aquella sociedad de ciudadanos estaba muy imbricada con sus legionarios, y reaccionaba como una sola unidad frente a cualquier agresión externa, verbigracia: samnitas, cartagineses, griegos, etruscos, galos, u otros enemigos de cualquier enjundia y condición. Detrás de su espíritu de conquista y de victoria estaba la inequívoca ayuda de sus muchos y humanizados dioses; los romanos absorbieron, en sus guerras de conquista, a todo tipo de civilizaciones, que para evitar su aniquilación incorporaban a sus varones a los cuadros militares legionarios, como tropas auxiliares.




Todos estos efectivos estaban comandados por oficiales procedentes de la minoría senatorial, que primero había sido solo de los patricios y, que tras diversas rebeliones reivindicativas, también se componía, ya, de personalidades provenientes de entre los plebeyos; este hecho formando parte de su carrera política o cursus honorum. Casi el 100% de los soldados romanos tenían experiencia, no solo militar, sino en el mundo de la construcción o de la administración. No obstante la milicia romana, con cuatro sumatorios: guardia pretoriana+legiones romanas+tropas auxiliares+la armada, no poseía un mando permanente y centralizado. Verbigracia, en la época republicana, las legiones se reclutaban solo entre los ciudadanos romanos, cuando era preciso y necesario, y se colocaban bajo las órdenes y el imperium o mando militar de un senador de categoría consular, como procónsul.

Este hecho, que los legisladores romanos no habían analizado, tenía un grave y peligroso problema añadido, y era la lealtad de aquellos soldados hacia su jefe que, con un poco de esfuerzo o de inteligencia, se podía transformar en un condotiero o conductor de tropas, y quien las podía utilizar para conseguir el poder en la propia urbe capitolina; los ejemplos paradigmáticos de lo indicado son, nada más y nada menos, que Lucio Cornelio Sila y Gayo Julio César. La guardia pretoriana, que me ocupa en este estupendo volumen, tenía también la obligación de defender la vida del propio emperador, aunque paradojas de la Historia, en un muy elevado número de casos serían los pretorianos los que eliminarían, físicamente, a dichos emperadores; según Gibbon: “Los pretorianos representaban el poder y la posición del emperador y le conferían la facultad de coaccionar a la aristocracia romana”. Aunque, este hecho tenía sus negativas contrapartidas, ya que, para ser respetado y aceptado, el emperador necesitaba mantener un prestigio y una influencia superlativa, y así poder mantener su supremacía. La idea augustea de que era más que necesaria la existencia de un grupo fiel de legionarios, que protegiesen la vida del emperador, sería lo que convertiría a la Guardia del Pretorio en una institución permanente y muy poderosa. Su jefe, en número de dos, era el prefecto del pretorio, en el sentido semántico de ‘pretor’ que significa ‘el que va por delante’.

A mediados del siglo I a.C., era práctica común que los generales protegiesen y exhibieran su prestigio nombrando un cuerpo de soldados destinado a escoltarlo. Tras el asesinato de César (44 a. C.), Octaviano y Marco Antonio siguieron la misma costumbre. Esas unidades pretorianas, constituidas con fines tan concretos, carecían de designación formal, de organización y aun de condiciones de servicio. Su lealtad no estaba ni de lejos garantizada pero podían salvar la vida de un general en un momento crucial. La victoria de Octaviano en Accio le legó el control, no solo de un vasto ejército, sino también de una enorme cantidad de cohortes pretorianas, conformadas por sus propios hombres y los de Marco Antonio”. Este primer emperador, Augusto, como el primer ciudadano de Roma, que daba la impresión de haber liberado a la propia Roma, y restaurado una importante cantidad de tradiciones ancestrales republicanas, ya no engañaba a algunos de los más inteligentes habitantes de la urbe capitolina, que consideraban, por conocer el cinismo del emperador, que aquellos cambios no eran más que una argucia intrincada. Gayo Julio César Octaviano había obtenido el poder absoluto, por medio de un golpe de fuerza militar, o guerra civil.

De hecho, él mismo lo reconocería más tarde al aseverar que había reunido una hueste por iniciativa propia y con sus propios recursos con este mismo fin. Estaba actuando en virtud de una tradición que había evolucionado durante décadas en el mundo romano a medida que los ejércitos se hacían cada vez más propensos a deber fidelidad a un general individual más que al estado”. Sus enemigos, y los de su tío-abuelo Julio César, no estaban libres, también, de pecado para el aserto. En suma, con este preámbulo, deseo que el acercamiento a este libro sea plausible, ya que estamos ante una obra deseada y magistral, que merece todos los parabienes. ¡Sobresaliente! 







Fuente: https://www.todoliteratura.es/


martes, 28 de junio de 2022

PERVERSOS EMPERADORES

 La verdad tras las perversiones sexuales y los locos delirios de los emperadores romanos

No es oro todo lo que reluce... El historiador y arqueólogo Pedro Huertas sostiene que la propaganda y la leyenda negra forjaron los mitos más extendidos de los grandes dirigentes del Imperio






Antes de ascender hasta la poltrona imperial en el 235 d.C., Maximino era un valiente y exitoso jinete de las legiones. Albergaba el arrojo que le daba haber sido alumbrado fuera de las fronteras de Roma, en el interior de Tracia. Era un 'bárbaro', según la terminología de la Ciudad Eterna; pero uno dispuesto a combatir por la corona de laurel. Los cronistas escribieron de él que medía 2,61 metros de altura y que imprimía aliento a sus compañeros en los momentos de mayor peligro. Por todo ello, fue aupado al poder por sus compañeros cuando fue depuesto su predecesor, Alejandro Severo.

Hasta aquí, la cara de la moneda. Sin embargo, crónicas de la época como la 'Historia Augusta' extendieron también el lado más oscuro de este curioso personaje.

El texto en cuestión señalaba que «frecuentemente se bebía en un solo día un ánfora capitalina de vino», que «comía cuarenta libras de carne» y que «recogía su propio sudor y lo echaba en cálices o en una jarra pequeña». Y no fue lo único. Los autores clásicos dejaron constancia también de su barbarie, incidieron en que los ciudadanos romanos sentían pavor de él y juguetearon con sus extraños gustos sexuales; algo típico para defenestrar la reputación de los dignatarios.

Durante siglos, los expertos han engarzado sus textos basándose en las dos visiones de este personaje. Y como él, los de otros tantos. Sin embargo, el historiador y arqueólogo Pedro Huertas propone una tercera vía en su nuevo ensayo: 'Coronas de laurel, un caballo en el senado y la nariz de Justiniano' (Principal). Al otro lado del teléfono, y con un marcado acento murciano, afirma a ABC que debemos bajar del altar a los cronistas clásicos. Y no porque fueran perversos o falaces, sino porque eran humanos y estaban influidos por mil y un factores, desde sus filias y fobias, hasta el miedo a los gobernantes de turno.

«Maximino es el ejemplo más claro. Parece ser que le gustaba mucho comer y beber, de eso no hay duda. El problema es que los cronistas cargaron contra él porque era tracio, y por entonces estaba mal visto que un bárbaro estuviera la frente de Roma», explica Huertas a este diario. La conclusión es que ni siquiera la Ciudad Eterna estaba huérfana de leyenda negra. Y de la peor: la forjada en el interior. «No podemos saberlo con seguridad, pero es probable que le colgaran el sambenito de bruto por su origen. Le crearon un halo de zoquete a pesar de que aseguró las fronteras del imperio», completa el experto.




Propaganda contra emperadores

Lo que sorprende a Huertas es que, todavía hoy, tras años de publicaciones históricas, no hayamos entendido que hay que poner en cuarentena los textos de los autores clásicos. «Muchas veces hacían propaganda. Pero esto no es algo nuevo, viene desde el Antiguo Egipto». El ejemplo más claro se halla en la batalla de Qadesh. «Las crónicas del faraón Ramsés II afirman que este arrasó a los hititas, pero las de otros pueblos confirman lo contrario. ¿A quién creer? En realidad, a ninguno. Si ambas partes se atribuyeron la victoria es que es probable que todo quedase en tablas», completa.

Aunque el caso de la Roma imperial es el más claro. Para empezar, porque la mayor parte de los cronistas –que no historiadores– no eran coetáneos de los emperadores sobre los que escribían. «Gayo Suetonio Tranquilo y Publio Cornelio Tácito, que vivieron en el siglo II, hicieron las biografías de mandatarios del siglo I», añade. Cien años después, era inevitable que sus textos estuvieran influidos por la corriente de opinión –buena o mala– que se hubiera generado. «Es normal, querían agradar a los emperadores de la época, y lo hacían de dos formas: hablando de lo buenos que eran ellos y lo malos que eran los otros».

Otro de los problemas es que los cronistas solían nutrirse de la llamada historia oral, a la que Huertas define como la 'radio patio' de la época. Chismorreos que rondaban por las calles, habladurías de burdeles y calumnias de anfiteatro. «Habría apreciaciones con fundamentos verdaderos, pero estoy seguro de que también muchas exageraciones». Lo peor es que, cuando adolecían de información de primera mano, solían valerse de los clichés para dar forma a sus textos. «Es imposible saber en qué se basaban. Si en otros escritos, en lo que quedaba en el poso social o en sus propias vivencias. Debemos analizar todo esto antes de leer a los clásicos».

Por último, insta a observar la clase social de los cronistas para entender posibles inquinas contra los gerifaltes. Porque todo influye; hasta lo más mínimo. «Crearon una serie de clichés sobre los emperadores romanos. Algunos les veían como arrogantes ricachones con fama y poder que podían hacer o lo más bueno, o lo peor. Es como si no hubiera término medio». A pesar de todo, Huertas recuerda que, en muchos casos, tan solo tenemos los textos clásicos para acercarnos hasta la Roma más antigua. Así que aboga por la cautela, pero jamás por no dar validez a los Suetonio, Tácito y demás.


Tiberio y Cómodo

Entre los más damnificados por los textos de Suetonio y Tácito se halla Tiberio, nacido en el siglo I a.C., A caballo entre lo poco que quedaba de la República y el nuevo régimen, este emperador fue calificado por ambos cronistas como un enclenque que abandonó el poder en manos de sus subalternos. Huertas, sin embargo, recuerda que Veleyo Patérculo, un autor más cercano en el tiempo a este curioso personaje, opinaba lo contrario. Todo se debió a sus ideas políticas. Los primeros querían volver al sistema anterior, mientras que el tercero abogaba por la existencia de una familia imperial que estuviese por encima del Senado.

De esta guisa, no parece extraño que Suetonio escribiera lo siguiente de Tiberio cuando este se retiró a su residencia de Capri:

«Se dice que había adiestrado a niños de tierna edad, a los que llamaba sus pececillos, a que jugasen entre sus piernas en el baño, excitándole con la lengua y los dientes, y también que, a semejanza de niños creciditos, pero todavía en lactancia, le mamasen los pechos, género de placer al que por su inclinación y edad se sentía principalmente inclinado. […] Se afirma también que cierto día, durante un sacrificio, enamorado de la belleza del que llevaba el incienso, apenas esperó a que terminase la ceremonia para satisfacer secretamente su nefanda pasión, a la que tuvo que prestarse también un hermano del joven, que era flautista; luego les hizo romper las piernas, porque mutuamente se echaban en cara su infamia».

¿Realidad o ficción? Como todo, Huertas lo pone en cuarentena: «La retirada de Tiberio a una villa de Capri provocó muchas habladurías. Es posible que la sociedad empezara a extender que estaba loco o enfermo y que los rumos evolucionaran hasta explicar la anécdota de los pececillos». Con todo, y una vez más, no busca disculpar las supuestas barbaridades del emperador, sino abrir los ojos a la sociedad y llamar a la relatividad.

Otro de los que más golpes ha recibido por parte de los cronistas clásicos ha sido Cómodo, cuya imagen ha sido vilipendiada recientemente por la película 'Gladiator'. Lo más extravagante que se ha escrito sobre este emperador nacido en el 161 d.C. es que era coprófago. Así lo dejó sobre blanco la 'Historia Augusta': «Se dice que solía mezclar excrementos humanos con alimentos muy costosos, y que no se privó de degustarlos, pensando que así se reía de sus convidados». Más allá de que existe un tipo de esquizofrenia que provoca este comportamiento, Huertas cree que al autor «se le fue la mano con esta acusación».

Lo peor es que no fue la única. Tal y como explicábamos hace meses en este artículo de ABC, a Cómodo se le definió como un loco que luchaba con fieras y saltaba al anfiteatro para enfrentarse a gladiadores veteranos. «Se ha llegado a explicar que obligaba a sus enemigos a combatir con espadas de plomo para tener ventaja sobre ellos y no ser derrotado jamás», desvela el experto español. El problema es la persona que extendió estas ideas. «Quién escribió más sobre él? Dion Casio, un senador de finales del siglo II. La clave es que el Senado había tenido varios encontronazos con el emperador. Es normal que diese una mala imagen de él».

Huertas sentencia que no podemos conocer la verdad tras la supuesta locura de Cómodo, pero sí entender al personaje en su contexto. «Era un muchacho al que la muerte de su padre en Germania le atropelló con quince años. Heredó décadas de peleas con las tribus germanas, los últimos coletazos de una epidemia que había asolado Roma y una economía en crisis. Incluso le criticaron por firmar la paz con los marcomanos, cuando estaba sobrepasado». El autor más indulgente con este personaje fue Herodiano, quien cargó contra sus malas compañías, y no contra él. En parte llevaba razón, pues fue asesinado por uno de sus generales y una concubina...

Heliogábalo y Vitelio

Vitelio, nacido en el siglo I d.C., es la siguiente parada. Los textos le definen como un loco asesino obsesionado con la comida. El principal culpable de que, en la actualidad, creamos que los romanos vomitaban para seguir comiendo en los grandes banquetes. Así le definía Suetonio en sus textos:

«Sus vicios principales eran la glotonería y la crueldad. Comía ordinariamente tres veces al día y a veces cuatro, designándolos almuerzo, comida, cena y colación. Podía hacer todas estas comidas por la costumbre que había adquirido de vomitar. Invitábase para un mismo día en casa de diferentes personas y ningún festín de éstos costó menos de cuatrocientos mil sestercios. El más famoso fue la cena que le dio su hermano el día de su entrada en Roma; dícese, en efecto, que sirvieron en ella dos mil peces de los más exquisitos y siete mil aves. Su voracidad no sólo no tenia limites, sino que era también sucia y desordenada, no pudiendo contenerse ni durante los sacrificios ni en los viajes. Comía sobre los mismos altares carnes y pastelillos, que mandaba cocer en ellos, y por los caminos tomaba en las tabernas platos humeando aún, o que, servidos el día anterior, estaban medio devorados».




Heliogábalo, emperador a partir del 218 d.C., tampoco escapó a los tentáculos de la propaganda. La 'Historia Augusta' escribió que este adolescente de catorce años llenó una habitación de petálos de flor hasta el techo para ahogar a sus invitados. Y Dion Casio fue todavía más explícito: «Ofrecía sacrificios secretos, matando a chicos y usando encantamientos. De hecho, actualmente tiene encerrados vivos en el templo del dios un león, un mono y una serpiente, y arroja entre ellos genitales humanos». El autor español está en contra de estas afirmaciones: «Se ganó el odio de la sociedad por mezclar la religión siria con la romana, y eso le costó la pésima propaganda».

Al igual que con Cómodo, Huertas invoca el contexto. «Era un muchacho que vivía en mitad de Siria cuando se convirtió en emperador. Es posible que se viera sobrepasado por la situación y que se ganara odios entre la sociedad». Hace poco, afirma, han hecho una revisión de su figura en la serie 'Corazón del Imperio' que se asemeja más a la realidad. Aunque todavía queda trabajo en este sentido.

Nerón y Calígula

Con todo, existen dos emperadores que han padecido especialmente el odio de los cronistas. El primero ha sido Nerón (siglo II d.C.), al que ABC ha dedicado varios artículos en los últimos años. «Se le ve como el anticristo. Pero autores como Tácito son capaces de escribir de él que provocó el gran incendio de Roma y, dos párrafos más abajo, especificar también que creó hospitales para ayudar a los heridos», sentencia el autor. Los últimos estudios desvelan que no era tan bárbaro como le pintaban. Su figura empezó a ser odiada en la Edad Media, cuando se recuperaron textos que hablaban sobre sus extrañas filias sexuales. Algunos, como el siguiente de Suetonio:

«No hablaré de su comercio obsceno con hombres libres, ni de sus adulterios con mujeres casadas. […] Hizo castrar a un joven llamado Sporo y hasta intentó cambiarlo en mujer; lo adornó un día con velo nupcial, le señaló una dote, y haciéndoselo llevar con toda la pompa del matrimonio y numeroso cortejo, le tomó como esposa; con esta ocasión se dijo él satíricamente que hubiese sido gran fortuna para el género humano que su padre Domicio se hubiese casado con una mujer como aquélla».

El segundo de este triste grupo es Calígula (siglo I d.C.). «Dión Casio llega a decir que le odiaban tanto que se comieron su cadáver. Pero su mayor problema fue que intentó introducir cultos orientales en Roma treinta años después de la muerte de Augusto. Aquello volvió loca a la sociedad», sentencia. Lo que ha quedado de él, no obstante, son las barbaridades y las orgías que se han visto en la gran pantalla.



Fuente:https://www.abc.es/historia/

miércoles, 13 de abril de 2022

JULIO CESAR ES ROMA

 

Santiago Posteguillo se lanza con seis novelas sobre Julio César: "No fue un genocida"




Escipión el Africano, Trajano, la emperatriz Julia y, por fin, Julio César. Santiago Posteguillo, el autor más vendido de novela histórica en la actualidad en español —según Penguin Random House tiene más de cuatro millones de lectores—, se ha adentrado finalmente en la frenética y entusiasmante vida del político y militar romano, aquel al que había querido llegar desde siempre, con ‘Roma soy yo’ (Ediciones B), una novela que viene a iniciar una saga que se prevé monumental: en total, habrá seis novelas sobre este personaje que abarcarán toda su existencia. Y, pese a haber transcurrido 21 siglos desde entonces, para este escritor valenciano no puede estar más de actualidad: "Es el Zelenski de su época, alguien que puede cambiar la historia".

 

Posteguillo ha removido los cimientos de la industria editorial por sus ventas y también ha protagonizado una de las mayores jugadas editoriales de los últimos tiempos. Si bien Roma y Grecia siempre han atraído a los lectores, este profesor titular en la Universitat Jaume I de Castellón ha conseguido una nutridísima audiencia gracias a un sencillo 'leitmotiv': hacer que sus novelas sean apasionantes y que se entiendan, algo que repite constantemente. Por ello, no le importa contar las mayores batallas de la historia de Roma en 70 páginas con un ritmo que te lleva sin resuello. O hacer algún pequeño anacronismo con el fin de que el lector vea con claridad lo que está contando. Todo esto le llevó al Premio Planeta en 2018 con ‘Yo, Julia’, cuyo éxito dio lugar a una segunda parte, ‘Y Julia retó a los dioses’, en 2020. A finales del año pasado, se conoció el golpe de mano dado por Penguin Random House al arrebatar a este autor de las filas de Planeta. De ahí que ahora esta primera novela sobre Julio César se haya publicado en Ediciones B, sello de Penguin en el que Posteguillo empezó y al que ahora vuelve como uno de los mayores 'bestsellers' en español (y con el ojo puesto en EEUU).

Lanzamiento en Tesalónica

El lanzamiento de la primera novela sobre el militar romano del valenciano ha contado con todos los fuegos artificiales posibles estos días. No hay que olvidar que abril da inicio a fechas para la industria tan importantes como Sant Jordi y la Feria del Libro de Madrid. Tres meses en los que prácticamente se decide el año (hasta navidades). Y más cuando parecen haber pasado las restricciones de la pandemia.

 

La historia de ‘Roma soy yo’ se centra en la juventud de Julio César, quien a los 23 años fue contratado como fiscal por un grupo de macedonios que habían denunciado al gobernador de Macedonia, Dolabela, por extorsión y todos los delitos posibles de un tipo que en esta provincia romana tan lejana a la metrópolis hacía realmente lo que le venía en gana. Tesálonica, la ciudad más importante de la zona, era un lugar donde uno se podía hacer muy rico sin que fuera fiscalizado por nadie. Julio César acudió a esta provincia de la que ya hacía tiempo que se habían apagado los fulgores de otro gran momento histórico: las victorias de Alejandro Magno, que había nacido aquí en el año 356 a. C., cuatro siglos antes. Por eso, además de representar a los macedonios e intentar acabar con un sátrapa como Dolabela, quería mirarse para un futuro en el espejo de aquel militar griego que prácticamente puso el mundo (oriental) conocido a sus pies.


Y este es el motivo también por el que Posteguillo quiso presentar su novela a la prensa en Tesalónica y Pella la semana pasada. La primera, que fue macedonia, colonia romana —y mucho más tarde formó incluso parte del Imperio otomano— está, además, a pocos kilómetros de la segunda, donde nació Alejandro Magno y vivió su padre, Filipo II, considerado uno de los reyes macedonios más importantes. Aunque ya bastante destruida cuando la visitó Julio César, Pella —considerada la primera ciudad cuyo urbanismo tiene forma de retícula y con algunos de los mejores mosaicos de la época— es un enclave fantástico que aúna a los dos grandes militares, el griego y el romano. "Y una forma de devolver a los macedonios lo que hicieron al contratar a Julio César. Macedonia seguía teniendo la fuerza de la época de Alejandro, pero esta vez en los tribunales", recalcó el escritor ante las vitrinas de algunos objetos —coronas, pendientes, ánforas— encontrados en Pella y Tesalónica y hoy depositados en el Museo Arqueológico de esta ciudad.

Historia poco conocida

Quizá muchos lectores se pregunten si es posible abordar la historia de Julio César cuando ya se ha escrito tanto, se ha investigado tanto y se han hecho tantas películas, documentales y series. Cuando se conocen hasta la saciedad las guerras de las Galias, la historia con Cleopatra y Marco Antonio o cómo fue asesinado por Bruto. Lo cierto es que este juicio que llevó quien todavía era un imberbe político frente a Cayo Aurelio Cota y Quinto Hortensio, dos importantes oradores, no es un momento histórico demasiado recordado. El propio Posteguillo reconoce que quería dar con algún elemento algo sorpresivo para dar comienzo a un proyecto en el que piensa embarcarse durante los próximos 10 años. Y este le pareció el más apropiado.

"Esta novela cuenta cómo se dio a conocer como abogado en Roma. Es verdad que de Cleopatra o las Galias hay más información, pero la de Cleopatra nos ha llegado distorsionada por Augusto, que la retrata como una hechizadora; y las Galias, la verdad, es que a la gente le suenan más por Asterix y Obelix y no fueron eso. Muchas veces la historia se simplifica", manifiesta el escritor en una entrevista con este medio durante el viaje. Lo que él pretende es contar cómo él ve lo que fue la tardorrepública, los últimos años de este sistema antes de que se iniciara el Imperio: "Era un sistema oligárquico como la Rusia de Putin. Sila [dictador al que se enfrentó Julio César en varias ocasiones] es un oligarca como Putin y contra él arremete Julio César". Sila aparece en la novela como el gran dictador y enemigo puesto que es quien permite a Dolabela llevar a cabo todas sus tropelías.

 

Desde el inicio, Posteguillo describe una sociedad romana fuertemente polarizada. Por un lado, están los optimates, el bando más conservador que está en el poder y al que pertenecen Sila y Dolabela. Por otro lado, los populares, que quieren reformas más progresistas, como una redistribución de la riqueza y en el que se encuentra Cayo Mario, tío de Julio César y su gran mentor. Hay un tercer grupo, los socii, que son los que se encuentran en las ciudades aliadas de Roma y que empiezan a manifestar deseos de que se les haga algo más de caso. Y otro no menos importante, los provinciales, en las provincias que Roma se va anexionando y que quieren lo mismo que los socii.





"Es un contexto guerracivilista y así se vive en las calles de Roma. Hay un ambiente de mucha violencia, con sicarios que van matando a sus enemigos políticos. Y yo todo lo que cuento es real, como la lapidación de Saturnino en el Senado. No está inventada", señala Posteguillo sobre esta época que en la novela prácticamente parece un régimen del terror al que se enfrenta un joven idealista que, por otra parte, no siempre ha sido así visto por la historia.

Julio César, ¿dictador?

Porque no pocas veces se habla de Julio César como un dictador. En la novela es cierto que solo tiene 23 años y aún puede ser un tipo honesto, ingenuo, lleno de sueños, cuya acumulación de poder que vendrá después transforme todo, como afirma el escritor, pero este tampoco cree que haya que tildarlo realmente de dictador. "Yo es una visión que cuestiono con todas las connotaciones que ponemos ahora a un dictador. Es verdad que Sila abdicó, pero como hizo Putin con Medvedev. Y Julio César no abdicó porque le asesinaron. Es decir, es más complejo que decir que fue un genocida. Hoy no resolveríamos así las cosas, pero no me pasaría 12 años de vida escribiendo sobre alguien a quien no admire. En la visión que voy a dar, primará lo admirable sobre lo cuestionable", comenta el escritor.

 

Entre estas cosas, muchas que, según dice Posteguillo, Julio César hizo por primera vez como un discurso fúnebre a una mujer joven —su primera esposa, Cornelia— o llevar a una mujer a juicio como testigo. El protagonismo de las mujeres, como sucede en otras novelas de este autor, vuelve a ser importante. Tanto Cornelia como Aurelia, la madre de Julio César, son piezas angulares. Y de la testigo, que ha sido violada, se llega a decir en el juicio por sus contrincantes que es manipuladora y una mujer maléfica, algo que Julio César rechaza. "No puedo hacer presentismo y hacer un César feminista, pero sí que defiende a la mujer", sostiene Posteguillo.

La novela, un juicio

Batallas de más de 70 páginas mediante 'flashbacks' y un juicio. Estos dos son los pilares de una novela de la que el propio autor recalca que tiene mucho de John Grisham —no es malo el detalle si se quiere entrar en el mercado estadounidense— y de Agatha Christie y su novela ‘Testigo de cargo’, que fue llevada al cine por Billy Wilder con Charles Laughton y Marlene Dietrich. "Sí, hay mucho de 'thriller' judicial", sostiene el escritor. El lector pasará rápido las páginas intentando llegar a la sentencia final (aunque sea conocida).

Precisamente otro de los temas que pretendía era mostrar cómo todavía le debemos tanto a los romanos en cuestiones de derecho. Y a la importancia de la Justicia. “Lo que intento contar es que, cuando esta falla, toda la sociedad se resiente y las cosas se acaban solucionando de otra manera en la que suele entrar la violencia”, indica el escritor.

Toda esta historia, no obstante, Posteguillo no cree que sea trasladable al presente. Tampoco deseable. Aunque algo sí echa de menos, como dirá varias veces a lo largo del viaje. "Alguien con el carácter, la audacia de Julio César se echa de menos… Quizás el único ahora sea Zelenski, que le ha roto todos los planes a Putin. Ningún político de Bruselas se hubiera quedado en Kiev. Zelenski sí tiene ese punto de cesarismo de luchar hasta la muerte", insiste.

Y él, ¿tiene cesarismo? ¿Cómo siente un escritor la acumulación de lectores, los premios, que sus novelas sean presentadas allende los mares? ¿Cómo lo hace quien ha sido un profesor universitario toda la vida?

"No me creo para nada César. Dar clases me mantiene en el mundo real porque, si no, sí te puedes idiotizar. Yo sé lo que vale un café o el billete de un tren de cercanías. Estoy atado a la vida real. Y literariamente tampoco me creo nada. Sigo teniendo miedo el día del estreno, como los actores. No quiero que los lectores sientan que me repito. Busco siempre fórmulas que sean distintas", manifiesta el escritor. Un detalle que no siempre sucede con este tipo de lanzamientos por todo lo alto y con autores que se encuentran en el top 5 de los 'bestsellers': Posteguillo viajó en turista, se alojó en el mismo hotel que la prensa y comió en los mismos lugares. Y va a seguir teniendo un buen puñado de lectores.









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