In memoriam Pedro Morales Cuenca.


En la localidad conquense de Torrejoncillo del Rey, fue descubierta en el año 1955, por D. Pedro Morales, una cavidad revelada en sueños, como un lugar donde encontraría un singular tesoro escondido en un palacio de cristal.

Tres meses de intensos trabajos dieron como resultado el hallazgo de una cavidad subterránea que resultó ser una mina romana de lapis specularis, de la que no quedaba ni el recuerdo.

En la actualidad, gracias a la intervención de la asociación arqueológica: Cien mil pasos alrededor de Segóbriga y la diputación provincial de Cuenca, se ha convertido en lugar de obligada visita tanto por su interés histórico como cultural.

Si deseas saber más sobre esta historia, accede mediante este link

https://moraencantada.blogspot.com/2011/04/historia-de-un-sueno.html


martes, 20 de octubre de 2020

CALAMARES A LA ROMANA (LIBRO)






 «Deberíamos estar muy orgullosos de los emperadores hispanos Trajano y Adriano»


Emilio del Río Sanz no le asustan los Idus de Marzo, ni los guardias pretorianos de cuchillos largos, ni siquiera los bárbaros a las puertas, pero sí las sociedades sin memoria. Sin identidad. En su último libro se enfunda la túnica romana, la corona de laurel y se planta delante de su portada para recordar a los españoles que son más romanos que el Papa o, incluso, que los calamares rebozados. Este profesor titular de Filología Latina de la Universidad de La Rioja, político y orador, acaba de publicar «Calamares a la romana» (Espasa) a modo de reivindicación de los numerosos nexos que siguen abiertos entre la Antigua Roma y la España actual.

Lo hace con rigor, con sentido didáctico y, sobre todo, con humor. «Es una de las grandes contribuciones romanas a nuestro mundo. Ellos se reían de todo y de todos», asegura en una entrevista con ABC.

–¿Cuándo se dio usted cuenta de que era un antiguo romano?

–[Ríe] Con las primeras nociones de latín me di cuenta de que lo que hablabamos era básicamente una versión del latín. Cuando seguí estudiando la cultura y la historia clásica, entendí que yo y todos somos romanos. Hablamos latín sin darnos cuenta, el 90% de nuestro vocabulario viene de este idioma y, en algunos casos, hay palabras que permanecen exactamente igual desde hace dos mil años… El paisaje ha cambiado, la geografía, los imperios, el clima, por mucho que diga Trump, y, sin embargo, hay palabras como amor, humor o casa que no han cambiado un pelo.


–Sentimos, amamos, reímos y hasta insultamos como lo hacían los romanos. Conocer a los romanos es conocernos a nosotros mismos, aunque es verdad que nunca está claro si conocerse a uno mismo es bueno o malo, pero desde luego es conveniente. Es una manera de comprender nuestro mundo e interpretarlo con criterio hacia dónde vamos. Conocer el mundo romano y el latín nos hace más libres.
–¿Por qué es tan importante que los españoles acepten su herencia romana?

–El libro expone que la España actual se está alejando de esta cultura clásica, ¿por qué razón?

–España es un gran país y yo me siento muy orgulloso de pertenecer a él, pero podemos ser mejor de lo que ya somos. Estudiando mejor nuestro pasado romano podemos ser imbatibles. Estos días hemos celebrado la Hispanidad, una idea de España que los Reyes Católicos plantearon como una reconstrucción de la Hispania romana, pero tenemos que ir todavía más atrás. Conocer la Roma clásica es algo que hacen los países de nuestro entorno y que nosotros, no. Alemania, Francia e Inglaterra estudian más latin y cultura clásico, por mencionar tres casos, que los españoles. ¡Y eso que dos de ellos ni siquiera son de lengua latina! Por alguna razón inexplicable, estamos dando la espalda a una cultura que, a diferencia de los países vecinos, tiene unos lazos directos con la española.

–Como ejemplo de la importancia que tuvo Hispania en el Imperio romano, usted cita a los tres emperadores de origen hispánico. ¿Es algo frecuente en otras antiguas provincias romanas?

–Con los años fue habitual que aparecieran emperadores nacidos fuera de Italia e incluso de Oriente y África, pero Trajano, un hispano, fue el primer emperador que no era itálico. Es cierto que Claudio nació en la Galia, pero fue algo puntual, Trajano y luego Adriano no solo nacieron en la península ibérica es que tenían su familia aquí. Fueron el resultado de la potencia económica, agrícola y política que era Hispania dentro del imperio. Deberíamos estar orgullosos del valor de pioneros de Trajano y Adriano y, sobre todo, de sus cualidades como grandes gobernantes del imperio. Sin embargo, cabe recordar que no solo fue con emperadores, tuvimos a gigantes de la cultura Occidental como los dos Sénecas, padre e hijo, Quintiniano, Marcial, Columela…. Los hemos olvidado de forma inexplicable o, lo que es lo mismo, hemos olvidado quienes somos.

–Si un antiguo romano pudiera viajar a nuestro presente, ¿qué le chocaría más?

–Un romano se sentiría por las calles de nuestras grandes ciudades como en casa. Le chocarían los coches, la luz eléctrica y los avances tecnológicos, pero en cuanto a las costumbres sociales se sentiría muy cómodo. Se vive muy parecido a cómo lo hacían entonces los romanos. Iban a tomar un vino, al gimnasio, buscaban las zonas verdes y vivían en bloques de edificios. Por las películas pensamos que vivían en chalets, pero la mayoría vivían en manzanas con edificios de varios pisos donde, por cuestión de incendios, las viviendas más caras eran las más bajas. Roma era una ciudad de más de un millón de habitantes con un sistema de depuración y una red de suministros impresionantes.

–Usted recuerda en el libro que incluso tenían su propia versión de Madrid central.

–Sí, lo de cerrar las áreas centrales también es algo que hacían ellos. Tenían su propia Roma central, que cerraba el acceso a los carros durante el día. Solo podían pasar los carros de construcción y, durante la noche, entraban los carros con suministros. Séneca se quejaba de que no había quien viviera en Roma con tanto ruido.

–¿Se socializaba en los mismos sitios?

–Ellos hacían mucha vida en los bares tomando vino. El vino era un símbolo cultural, de civilización, no solo una bebida. Luego se quedaban a jugar a algo y ya marchaban a su casa. No tenían cuartos de baño completos, por lo que las termas eran fundamentales para su higiene y para socializar. Se veían en los baños y charlaban en letrinas. También tenían centros comerciales, incluso temáticos.

–¿La forma española de celebrar la vida también es importada?

–Hemos importado sus costumbres, para lo bueno y lo malo, hasta en lo que se refiere a insultar o ir de fiesta. Los botellones y las macro fiestas, tan de actualidad, también vienen de allí. Los romanos celebraban fiestas en honor a Baco, donde se bebía mucho en las calles y se tomaban sustancias alucinógenas. El Senado llegó a sacar un decreto para prohibir las fiestas ilegales, no con multas administrativas, sino con penas de muerte. Aun así, se siguieron celebrando y nuestros carnavales vienes de ahí, de las bacanales.

–En algunas cuestiones, como el sexo, incluso la sociedad actual es menos abierta que la romana. ¿Qué ha ocurrido?

–Los romanos eran una cultura, como la griega, menos pudoroso con el sexo que nosotros. A la hora de casarse no necesitaban a un sacerdote y vivía la sexualidad con más naturalidad. El divorcio lo tenían integrado, mientras que aquí es una conquista muy reciente. La homosexualidad la llevaban con más normalidad y hasta tenían emperadores bisexuales. En nuestra sociedad nos ha costado miles de años llegar a ese mismo punto. Hay que velar por las conquistas sociales, porque pueden perderse en cualquier momento. Un virus ha puesto en jaque a nuestro planeta, ¡fíjate que frágil pueden ser las cosas!

–¿Cómo se enfrentaban a pandemias como la que vivimos hoy?

–Había médicos especializados, entre ellos dentistas y ocultistas, pero obviamente no tenían nuestro sistema sanitario para hacer frente a una situación así. No hay que olvidar que la mayoría de las conquistas médicas son muy recientes, del último siglo… Fíjate que con nuestros avances médicos está resultando imposible frenar una epidemia, pues imagínate ellos. Su esperanza de vida también era más baja. En lo que sí coincidían con nuestra reacción es que cuando salían de una pandemia lo celebraban a lo grande.

–Insiste en su obra en que una de las grandes lecciones que legaron los romanos es que «nada es definitivo».

–Este es un libro divertido, con humor, que es otra de las grandes contribuciones romanas a nuestro mundo, pero la gran enseñanza de su civilización es muy seria: nada es permanente. Nuestra civilización cree hoy lo contrario, piensa que el progreso es sostenido y nunca acabará; y ahora ha llegado un microscópico virus de China para recordarnos que nuestra civilización es muy frágil, que el progreso es muy fácil de interrumpir. La cultura romana ya nos avisó de ello cuando, en el siglo IV, no solo se disolvió el imperio en Occidente, sino que su cultura se evaporó. La humanidad sufrió un retroceso que duró casi mil años.

–Mientras tanto, ¿carpe diem?

–Sí, carpe diem es la lección suprema de los romanos. Hay que vivir la vida, lo cual no significa que haya que estar todo el día de botellón, sino de que hay que disfrutar con todo lo que hacemos. Trabajar, leer, estar con los amigos… Hay que disfrutar cada minuto. Nada es permanente.

–Los españoles somos romanos, y los hispanoamericanos son españoles a su pesar, al menos de unos cuantos, ¿a qué se debe el rechazo de algunos americanos a su herencia?

–Creo que en Hispanoamérica, donde he estado unas cuantas veces, no es algo generalizado el rechazo a lo español. Como con los romanos, la lengua nos une de una manera absoluta. Las palabras son un tesoro y fueron una guía para que Colón llegara a América. En uno de sus textos, Séneca habla de un nuevo mundo más allá del mar y Colón tenían bien presentes esos versos, que interpretó como una profecía. Los tenía en su cuaderno de bitácora y por eso estaba tan convencido de que había un mundo más allá. Él demostró que podíamos vencer al mito, que se podía ir más allá, plus ultra, el lema latino de nuestro escudo.


Fuente:

https://www.abc.es/historia/

domingo, 4 de octubre de 2020

LA LUZ BAJO TIERRA


Catálogo de una muestra de arte contemporáneo que se presentó en los museos arqueológico nacional, y el de arte romano de Mérida, por parte de artista Miguel Ángel Blanco.
La base de las obras de dicha muestra, está basada en el material translúcido del yeso cristalizado (Lapis Specularis) sacado de las minas romanas de Arboleas (Almería)

(solo tenéis que hace click sobre las imágenes para verlas ampliadas)












 














miércoles, 23 de septiembre de 2020

ARBOLEAS. EL LAPIS SPECULARIS COMO ORNAMENTO.



 La pedanía de Los Higuerales, en Arboleas, cuenta ya con unas nuevas y modernas instalaciones deportivas y de recreo situadas a las puertas de uno de los mayores atractivos geológicos y arqueológicos de la comarca: las minas de lapis specularis, el primer mineral utilizado en la historia para la confección de ventanas translúcidas en la antigua Roma y que convirtió a esta zona del Almanzora en el epicentro de la extracción de este mineral del mundo antiguo.


El nuevo 'Parque de Cristal', tal y como lo ha denominado el Ayuntamiento, se extiende por una superficie de unos 30.000 metros cuadrados y delimita la entrada a las minas. Este espacio, del que ya pueden disfrutar los 400 habitantes de la pedanía, cuenta con pistas de petanca, bancos techados con pérgolas, zonas de vegetación y parques infantiles y biosaludables.


El mérito del parque ha sido integrar el ocio y el patrimonio histórico-arqueológico del entorno, que se manifiesta en los vestigios de antiguas construcciones romanas, con restos de estructuras antiguas tales como columnas. Pero esta simbiosis histórica va más allá de la simple conservación de monumentos y estructuras, confiriéndole al parque la que quizás sea una de sus características más llamativas.


Una característica que solo se puede descubrir visitando este espacio por la noche. Y es que, como corresponde a su condición de "antesala" del yacimiento arqueológico de la Mina Romana del Espejuelo, el Ayuntamiento ha decidido darle protagonismo a este bello mineral, que cuenta con una propiedad muy particular y sorprendente: durante las noches refleja la luz de la luna, iluminándose con una brillo fosforescente. 


Un golpe de efecto preparado por el Ayuntamiento para conseguir que este espacio sea único y no deje indiferente a nadie. Y es que, en los suelos del parque, lo que parece gravilla blanca es en realidad el preciado mineral con el que los romanos construyeron las primeras ventanas de la historia, o más bien sus restos triturados y convertidos en "picadura".



La idea no es ni mucho menos novedosa: tal es el poder refractario de este mineral, que ya era utilizado en ciudades romanas como Pompeya y Roma, donde se vertía triturado en las pistas de los hipódromos para poder realizar en ellas carreras nocturnas gracias al característico brillo que produce el lapis specularum.


"Utilizaban estos cristales en las pistas de los carros para que alumbraran con la luna, nosotros los hemos utilizado en los suelos del parque como si fuera arena o grava para jardines. Ya estaba triturado porque es lo que los mineros iban desechando durante la extracción del mineral", explica el alcalde del municipio, Cristóbal García.


Dentro de los planes del Ayuntamiento a corto plazo, también se encuentra el acondicionamiento de las minas de lapis specularis, que podrán comenzar a recibir visitantes "a finales de este año o principios del siguiente", según las predicciones del alcalde, que se queja de la falta de financiación para un proyecto de gran valor cultural y arqueológico, un proyecto que, en cualquier caso, el Ayuntamiento está decidido a emprender en solitario si fuera necesario.



Fuente:

https://www.lavozdealmeria.com

lunes, 14 de septiembre de 2020

LA CALZADA SPARTARIA DE SEGÓBRIGA A CARTAGENA

AB CARTHAGINE SEGOBRIGAM





1) Partiendo de Cartagena hacia el noroeste


La calzada que se dirigía a  Segobriga Complutum, compartía su salida de Carthago-Nova con la Vía Augusta y los caminos hacia Mazarrón y Malaca, así como con los que se orientaban hacia la zona de las principales canteras que la abastecían.  La singular topografía de la ciudad, acotada al Sur por una acusada bahía entre montañas y al Norte por una laguna semi-pantanosa, definía una península que tenía su acceso más cómodo por el Oriente, a través de un istmo de unos 700 m donde, ya desde época púnica, se habían efectuado las labores de fortificación más señaladas. Al exterior del punto occidental de esa península, donde se desarrollaba el hábitat en un recinto que abarcaba cinco promontorios y una suave vaguada central, se extendía otra lengua de terreno que aislaba las aguas marinas de las del estero, formada por los sedimentos de la Rambla de Benipila y cuyo vértice apuntaba a la urbs, pero de la que quedaba aislada mediante una vía de agua que enlazaba la bahía con el Almarjal.

Frente a este punto de convergencia y dentro de la muralla, estaba el cerro del Molinete (Arx Asdrubalis), por cuyo flanco meridional se ponía en contacto el foro con la zona portuaria y la salida de la ciudad que nos interesa, enlace avalado por los restos del decumano aparecido en la Plaza de los Tres Reyes (Noguera Celdrán et alii, 2009, 230). Siguiendo desde allí el rodeo del Molinete hacia el Oeste y en el lugar que hoy se conoce como Puerta de Murcia, una de las dos existentes en la muralla de la Ciudad en el s. XVIII, cuya topografía urbana la haría coincidente con el emplazamiento de la romana, encontraríamos la “porta ad stagnum et mare versa” (puerta que da a la laguna y al mar) mencionada por Tito Livio durante el intento de reconquista de la ciudad por Magón, que podría identificarse además con la Puerta Popilia, aludida en uno de los epígrafes de la muralla de finales de época republicana. A través de este acceso al recinto murado, la vía cruzaría un puente sobre el estrecho o canal que comunicaba la Laguna del Almarjal con el Mar de Mandarache (Ramallo Asensio, 1989, 69), para alcanzar el brazo de tierra que iba a orientarla a su destino.

No se propone con exactitud el emplazamiento de esa estructura, frente un desagüe tradicionalmente supuesto por la rambla y calle actual de Santa Florentina, que continuaría a desembocar en el Arsenal por la del Conducto (Ramallo Asensio, 1989,  24-25). Este cauce iba a recibir atención por parte de los romanos, siendo reconducido o domesticado, en aras de la salubridad de la zona pantanosa, facilitando la renovación de agua de la laguna y el paso de embarcaciones de poco calado (Martínez Andreu, 2004, 20), al mismo tiempo que se iba a erigir un puente para posibilitar el franqueo terrestre entre ambas orillas: “Se ha abierto un cauce artificial entre el estanque y las aguas más próximas, para facilitar el trabajo a los que se ocupan en cosas de la mar. Por encima de este canal que corta el brazo de tierra que separa el lago y el mar se ha tendido un puente para que carros y acémilas puedan pasar por aquí, desde el interior del país, los suministros necesarios” (Polibio, X, 10, 11). La existencia de dicho puente ha sido rastreada en noticias antiguas, que señalaban la construcción de uno en época medieval, en posible sustitución de otro anterior (Ramallo Asensio, 1989, 25), en un lugar donde en 1600, todavía existía una obra de fábrica para sortear un canal,  cuyas avenidas ocasionaban problemas de circulación viaria en el mismo arranque del camino de Murcia.
Pero la identificación del canal artificial acondicionado por los romanos, se haría a partir del hallazgo de un recio muro de 17 m construido con opus quadratum,  cuya orientación corría de Norte a Sur en un solar de la misma calle Santa Florentina; del análisis de los sedimentos a un lado y a otro de la estructura, se determinó la existencia de ambientes opuestos, correspondientes a niveles emergidos con otros submarinos, que se han datado mediante fósiles cerámicos de la época pretendida. Este dique se vería continuado y alineado con las instalaciones de la dársena romana, apareciendo en 1957 en una curva paralela interior, que también perfila  la ladera suroccidental del Molinete, en el arranque de la C/ Morería Baja desde la Mayor, una calzada adosada a una columnata de orden toscano datada entre los ss. II y I a.C. Este conjunto porticado que se situaba junto a la vía de salida a Poniente, fue interpretado por Schulten como la citada porta ad stagnum et mare versa  de Livio, vestigio de las primeras actuaciones arquitectónicas itálicas tras la conquista de la ciudad (Madrid, Murcia y Ruiz, 2007, 93).

A continuación del paso descrito, la calzada a Segobriga se segregaba del trazado de la Vía Augusta hacia Eliocroca (que evolucionaba perfilando la sierra del Castillo de la Atalaya), bordeando, a partir de ese punto de separación, la orilla que limitaba el occidente del estero, actualmente desecado y que se expandía por la zona septentrional de la península ocupada por la ciudad. El tránsito de la calzada se aproximaría al de la Alameda de San Antón, por donde pasaba junto a la necrópolis homónima (Ramallo Asensio, 1989, 22), excavada en 1967 y sobre la que se edificó –para su conservación in situ- la nueva sede del Museo Municipal de Arqueología de Cartagena. En este tramo, la calzada a Complutum no precisó el cruce de la Rambla de Benipila, aspecto en el que disentimos de Ramallo (Ramallo Asensio, 1989, 25), una necesidad que era exclusiva para la Vía costera a Mazarrón y la Vía Augusta, ya que su antigua desembocadura en el Arsenal, no perjudicaba la lengua por la que avanzaba hacia el NW desde que atravesara el canal.

Por otro lado, es la distribución de hallazgos pertenecientes o asociables a espacios funerarios romanos, en el área de salida de las calzadas nororientales, la que ha permitido establecer un panorama extramuros de hitación o jalonamiento hipotéticamente relacionable con las mismas. A la necrópolis de San Antón, que además de ubicarse junto a la vía que se dirigía a Segobriga, marcaba un emplazamiento no inundable frente a la zona pantanosa, se añaden variados testimonios que van desde inhumaciones e incineraciones (fosas, urnas, ánforas, etc.), pasando por fragmentos epigráficos y escultóricos, hasta restos de pavimentos y posibles estructuras turriformes, también de diversas cronologías, como son, además de la mencionada y más septentrional, las de Plaza de España,  Barrio de la Concepción, Rambla de Benipila, Arsenal o la Puerta de Murcia, junto a los hallazgos de Morería Baja, denotando estos últimos, la posible existencia de una necrópolis tardo-republicana en un área extramuros, flanqueada seguramente por el camino de salida hacia Cástulo”.

Una vez atravesado el Barrio de San Antón y orientada al trasiego del Campo de Cartagena, seguía por Los Barredos y Los Dolores, rozando el perdido punto geodésico de Llagostera (Sillières, 1982, 253), tal y como también describía Lozano: “El último camino o calzada romana partía desde Cartagena atravesando su Campo, y el de Murcia, donde aún se pisan sus reliquias. He visto las grandes piedras, embutidas, apisonadas, y a veces argamasa, con el gran diámetro” (Lozano y Santa, 1794, 86). Continuaba, siempre, bajo la antigua carretera de Murcia, condicionando los sucesivos núcleos urbanos que se desarrollaron a su vera, como eje central o acotamiento lateral de los mismos: Santa Ana, Barriada de Santiago y Miranda, para pasar después junto al Pozo Dulce y una concatenación de ventas que no encontrará término; en una de estas pedanías ribereñas de la ruta se excavaron en 2005, dentro de una actuación arqueológica más extensa,  los restos de una calzada romana con una sección tipo dotada de bordillos, cercana y paralela a la actual carretera, bajo la cual desaparecía después de 23 metros, y que no dudó en identificarse con la que se dirigía a Complutum.

Más adelante la C1 pasa por la localidad de Albujón y tras superar la Casa de Postas del km 422 (mapa del IGC, 1945), restos de la calzada fueron vistos por Cornide en la Charca de Aledo, topónimo no localizado, que consignaban a cuatro leguas de Cartagena. Por una zona muy abundante en asentamientos romanos: Balsaledo, Casas Altas, Galtero, Los Aljibicos, Balsa Espín, Lo Jurado, Casas del Villar y la Fuente del Alacrán (Rabal Saura, 1988, 50-51), llega a la Venta de la Virgen, fundada en época medieval como salvaguarda del camino y a las casas de Mendigal del Repartimiento (Baños y Mendigo), en cuyas cercanías se ha excavado una necrópolis tardoantigua con numerosos enterramientos (García Blánquez y Vizcaíno Sánchez, 2009); para terminar embocando el paso en la Venta del Juncal, antigua repoblación de El Juncalejo, donde se erigió a principios del s. XV otro sitio fuerte: la Torre de la Rotova, en un momento especialmente inseguro para los que debían transitar por el Puerto (Torres Fontes, 1993, 49).
Ya en las estribaciones montañosas, persiste el trazo en dirección al paso de la Sierra de Carrascoy, por el Puerto de la Cadena o de la Asomada, que separa el citado Campo de Cartagena de la Vega del Segura en  Murcia: “…su dirección no podía ser otra que la garganta por donde se abrió el camino nuevo, pues solo por allí en dirección a Castilla se abren los montes y dan un paso poco repechoso”.
El paso del Puerto suponía el obstáculo orográfico más difícil de todo el recorrido de la calzada entre Carthago-Nova y Segobriga, sobre todo en sentido sureste: “…después de haber subido el retorcido y empinado camino del puerto, el de las siete revueltas, al cabo del cual las recuas forzosamente necesitan un respiro, un descanso y los arrieros, un trago” (Torres Fontes, 1971, 6), de forma que algunos investigadores han estudiado la posibilidad de un camino opcional por el occidente del macizo de Carrascoy.

La trascendencia e importancia secular que el paso del Puerto de la Cadena ha tenido para las comunicaciones históricas, se materializa en la existencia de sendas fortalezas musulmanas, abiertas en los extremos de su brecha, tales son el impresionante Torreón del Puerto en la bocana Sur, y el del Portazgo, cerca de esta institución de peaje, que controlaba los accesos por el Norte. Entre ambos, un paso profundo y tortuoso, marcado por las escorrentías de la Rambla del Puerto que, en ocasiones, no deja libre sino  el propio lecho de su cauce. Tal angostura y relieve muy acusado, no han dejado testimonios materiales del paso de la calzada, aunque Hübner diese razón de su existencia entre las Casas del Puerto y el Real Peazgo. Al margen de la ausencia de infraestructuras dignas de la ingeniería romana,  se han constatado en algunos lugares de la rambla, rodadas y entalles facturados por las ruedas de los carros  (Rabal Saura, 1988, 50). La hipótesis más plausible, como en tantos otros sitios, es que los sucesivos acondicionamientos de la carretera, los más recientes para ejecución de una autovía, han amortizado y/o destruido los restos romanos, que en ningún caso transitaban por el fondo descarnado del barranco. Pero parece que a principios del s. XV no existía  ninguna infraestructura carretera que permitiese doblar el puerto mediante carros, quedando su paso restringido a mercancías portadas a lomos de caballerías, que utilizaban sendas de herradura.

Una vez traspasado el estrecho, descendía del Puerto separándose de la carretera de Murcia en el sitio de la Venta de la Paloma, yendo a cortar el encauzamiento actual del río Sangonera y la Huerta de Murcia, dirigiéndose al “…Ocaso de la Buznegra y de Alcantarilla, donde le tenemos a la vista”.
A través de esta fértil planicie, donde en ocasiones desahogaba uno de los ríos más salvajes de Hispania, el Guadalentín, describió la vía el canónigo Lozano, con la seguridad de tenerlo a la vista,  destacando alguna de sus sorprendentes cualidades técnicas, como eran el trazo recto, la composición del firme y el acarreo de materiales lejanos empleado en su construcción, además de una más que evidente toponimia: “Lo recto de él, la tierra, apretada con el cascajo, y arena; tierra de color distinto al de las Azas próximas; el concepto del vulgo, que aun le llama de los Romanos; todo prueba, y comprueba”.
Alcantarilla es una población que, a pesar de haber sufrido en su emplazamiento mínimos vaivenes, de la mano de inundaciones y tercianas, se ha desarrollado espacialmente a escasa distancia del vértice y meandro, en que el río Segura cambia la orientación de su curso, de N-S a W-E, dejando una franja en la ribera, para tránsito de acequias, salubridad y prevenciones de las subidas de nivel. Pero a poniente y antes que el ferrocarril constituyese una barrera añadida a finales del s. XIX, encontraba en la calzada romana un referente casi tangencial. Con el paso del tiempo, los ensanches experimentados por el casco urbano hacia el oeste absorbieron,  no solo el camino de hierro, sino también la propia calzada, que se incorporó al callejero bajo la poco frecuente (pero afortunada) nomenclatura de “Calle del Camino de los Romanos”. Su importante caracterización como encrucijada caminera, sobre la ruta septentrional  que discurre por la vía natural del Valle del Guadalentín, unida a la que abría las puertas de La Meseta, desde Cartagena por la Asomada, conduciendo el tráfico por la vega del río Segura, facilitó a la población unos excelentes parámetros comerciales para su progreso.





Al sur inmediato de Alcantarilla aparece la Voz Negra (Buxnegra medieval, Buznegra en Lozano), tradicional escenario de un conato bélico en el s. XIII y en cuyos próximos cerros, según Cascales, tenían la costumbre de enterrarse los reyes moros de Murcia  (Cascales, 1621, 31). Este sitio ha tenido un desarrollo urbanístico,  inversamente proporcional al de su vecina Alcantarilla, conservándose apenas el topónimo en un paraje y caserío, donde, según los relatos dieciochescos, eran muy abundantes los restos antiguos. Pero serán las investigaciones arqueológicas contemporáneas las que corroboren la existencia de una zona con antecedentes ibéricos, densamente poblada en época romana, que se estructuraría en varios núcleos, correspondiendo el meridional, al mencionado de la Buznegra, con centro en los bancales al W de la Ermita de la Paz, al mismo borde de la zona inundable por el Guadalentín. El hábitat más extenso, ocupó el casco antiguo de Alcantarilla, donde se han hallado restos en diversos puntos, dentro de una superficie que excede las 20 Ha, con un abanico cronológico que va desde la romanización hasta el s. V d.C. Más al Norte y agrupado alrededor de una altura sobre la misma orilla del río Segura, en El Soto, se ubican los yacimientos de Los Canales y el Cabezo del Agua Salada o de la Rueda, además de otros más pequeños con diversas cronologías para el momento romano, existiendo la posibilidad de que el poblamiento se ampliase por la ribera, hasta alcanzar La Contraparada y el desaparecido Puente de las Ovejas. Dentro de los yacimientos viarios y si excluimos el propio de la Voz Negra, tenemos el de Potrofo, entre el ferrocarril y la calzada, en los arrabales al noroeste de la población, y más adelante, cuando se ha salvado la Rambla de las Zorreras y antes de salir del término, al mismo pie de la vía, el del Camino Viejo del Javalí.

En esta zona descrita, de forma imprecisa, consignaríamos la aparición de un miliario de Tiberio sobre el que no poseemos mucha información.

El tránsito de la calzada por el occidente de ambos pueblos y el trazado de la “calle  romana” de Alcantarilla, permiten eludir trayectos que parecen demasiado orientales, como la Vereda de los Soldados, que también se encaminaba desde Alcantarilla hacia el Puerto de la Cadena, restringiendo esta dirección para un uso posterior.

Desde Alcantarilla la calzada continúa hacia el norte y luego noroeste, abriéndose paso por la orilla derecha del Segura hacia la Vega Alta según acuerdo general, atravesando el Jabalí Nuevo, La Media Legua (costado E) y Alguazas, eludiendo las Torres de Cotillas. Se trata del Camino  o Carrera Mayor del Repartimiento (Rabal Saura, 1988, 49) y de la vía pecuaria denominada Vereda del Puente Almanzora, cuyo paso ha sido advertido en Alguazas (López Moreno, 2008, 6).






 El cruce del Thader, que ahora se enfrenta a la calzada con un recodo más acusado, pudo efectuarse por el puente y extinta población de Almanzora, vecina de Ceutí y Lorquí, pasando la vía por esta última localidad; de cualquier modo, el panorama relativo a las obras de fábrica antiguas en la zona, es bastante confuso y contradictorio, resultando más que probables las duplicidades o unificaciones de identidades y emplazamientos.
Discurriendo entonces bajo la Ermita de Cepión, encaramada en un alto dentro del mismo vecindario de Lorquí  y por su derruida Venta, un amplio solar cuajado de restos romanos, en donde apareció un miliario de Augusto, continúa la ruta siguiendo la margen oriental del río; al oeste quedan Archena y el Cabezo del Tío Pío (Sillières, 1990, 387) y también los estrechamientos del valle del Segura en los Baños, desde donde se podría remontar la corriente hasta llegar a la ciudad romana del Salto de la Novia (Ulea), hecho que supondría una solución de continuidad orográfica para su trazado liviano. Pero al igual que  López Moreno pensamos que la vía romana no subía hasta Archena, ya que el estudio de perfiles deja poco lugar a la duda: el vial óptimo indica su ascenso suave y progresivo siguiendo el Camino de La Anchosa (López Moreno, 2008, 6). En este sector y frente a la Casa de la Torre del Junco, veía Cornide los primeros restos identificables del camino romano, desde que los abandonase nada más cruzar la sierra por el Puerto de la Asomada, para seguir hacia Jumilla por Murcia y Molina de Segura.

La calzada romana entroncaría con la Autovía de Murcia sobre el km. 373 de la vieja carretera nacional 301, a poco más de mil metros de la Venta de la Rambla, encontrándose antes nuevos restos junto al desaparecido Cortijo de López, a los que se añadían, a un cuarto de legua de la citada venta, más señas de camino y parte de un miliario sirviendo de pila, en el aljibe frente al Cortijo de Dª Inés de Rueda.
El ascenso al Puerto de La Losilla supone elevar la cota unos 180 m a lo  largo de un recorrido de 6 km, todo ello desde la Rambla del Carrizalejo, punto en el que se inicia la subida del puerto. El subsecuente sector de tránsito se desarrolla desde la Venta Puñales, por el pasillo del Barranco del Saltador, donde  se suceden las huellas de carros en la Cañada de la Cubeta, en un tramo de 400 m muy erosionado y en el que, durante las prospecciones previas a la implantación de la autovía, se detectaron hasta cuatro vectores independientes de carriladas. A pesar de  la ausencia de restos carentes de firmes y terraplenes adecuados, se fundamentó la identificación de la vía romana en la aparición de estas marcas y a la documentación historiográfica, la toponimia y el hallazgo del miliario de La Losilla. Este tramo fue de nuevo revisado en 2008 por miembros de la Asociación La Carrahila, que identificaron además, restos de pavimentos dispuestos sobre la roca madre (López Moreno, 2008, 5-6).

Después del puerto y de pasar cerca del sitio donde existió una antigua torre medieval y oficina arancelaria, dependiente de la encomienda santiaguista de Ricote,  desciende con suavidad la calzada por la Ermita de San Roque hasta San José Artesano y el vértice Maraña, mientras que la pecuaria que le acompaña,  la Vereda de La Mancha a Murcia, se desvía haciendo un bucle por el Norte, por donde flanquea la Rambla de Molax,  yendo a cruzar la del Moro algo más arriba que la carretera (calzada), en un punto donde nuevamente se van a unir. No apreciamos en este breve lapso de disociación, diferencias notables en sus perfiles longitudinales, aunque la ganadera prolonga el trayecto de forma innecesaria.
El camino romano se acerca a Cieza por el Este, describiendo una curva parecida a la del ferrocarril pero ligeramente más al sur, cruzando la Rambla de los Cabañiles, después de  lo cual alcanza la Loma del Cementerio, donde pudieron hallarse los miliarios trajaneos  que aparecieron el siglo XVIII amortizados como sarcófagos. También en un alto próximo a Cieza,  y refiriéndose a las alineaciones de bordillos, vio Lozano la vía con las “piedras puestas en orden”; a partir de ahí, se suceden los asentamientos romanos en los pagos de la Fuente de las Pulguinas y El Toledillo, rodeando la población por el vértice de la sierra, para escapar hacia el norte en dirección a la Casa de los Prados, desde la que atraviesa la vertiente de Ascoy, zona en la que también Lozano describió multitud de restos romanos; después de cruzar la Rambla del Judío, seguirá incrementado la pendiente mientras progresa en dirección a la Venta del Olivo, donde los naturales aseguraban la existencia de fragmentos del camino.
No parece que existan dudas acerca del recorrido posterior, que va a seguir por la carretera de Albacete, ascendiendo desde la Venta del Olivo hasta el Puerto de la Mala Mujer, donde existió otra venta y casa de postas, precedidas de un puesto de vigilancia documentado en 1269 y en el que, a lo largo del tiempo, se exigieron diversos aranceles.


Este tránsito montaraz se hallaba muy mediatizado por la presencia de algunas elevaciones cercanas, como los cabezos del Puerto y de las Ventanas, aunque sobre ellas y a pesar de su mayor lejanía, destacaba el imponente puntal de Cabeza del Asno, en el extremo de una sierra ubicada al SW del recorrido. Aunque la conocida leyenda refiere la aparición circunstancial de una mujer licenciosa, que acostumbraba robar y asesinar a los desdichados viajeros que se dejaban embaucar, el auténtico temor radicaba en los frecuentes episodios de bandolerismo que se registraron en la zona hasta bien entrado el siglo XIX.


Desde el Puerto de la Mala Mujer, el camino se interrelaciona con la Cañada Real de La Mancha, con la que va entrelazando su recorrido, según se percibe con claridad sobre  la cartografía del IGN. Cuando la ruta comienza a descender por los Cerros de las Cruces y se abre al noreste el valle de la Dehesilla, se puede divisar la silueta del Volcán de Cabras, recortándose por encima del collado de las Lomas del Saltador, penúltimo obstáculo que debe sortear la vía, antes de acercarse al Tolmo de Minateda.

Poco más adelante llega a Cancarix, tras cruzar el Canalizo o Cañada del Peligro -donde se recogieron cerámicas romanas  y se ha propuesto un desvío-, existiendo  noticias de restos de la calzada en todos estos puntos mencionados (Cornide, 1797, 303).


En Cancarix nos encontramos con una venta que precede a un pequeño núcleo de población, originado y sostenido por la ruta ancestral, probable mutatio o punto de avituallamiento (Jordán Montes, 1997, 16), en un territorio para el que se ha barajado la posibilidad del aprovechamiento, ya desde época romana, de la riqueza mineral de la comarca, que ha sido explotada hasta tiempos muy cercanos; ejemplo de tales beneficios son las salinas de Madax y las minas de azufre de Agramón. También está constatado el empleo de la piedra volcánica del Pitón de Cabras (una fascinante formación basáltica ubicada al pie de la vía) como cantera suministradora de bloques para piedras de molino que han sido localizadas en las villae  de la zona.

Después de superar la altura del mogote volcánico, la calzada se dirigía directa hacia un collado que salvaba la Sierra del Candil (Puerto de Cancarix), donde podría rastrearse fosilizada en el interior de una lengua de vegetación, que ha quedado preservada entre la vieja carretera nacional y la moderna autovía, aunque lo que a simple vista se aprecia, no llega a ser determinante. Una vez coronado el paso, desciende siguiendo un valle que serpea suavemente por el costado occidental de la carretera, siempre con el asentamiento del Tolmo ya a la vista.

Bajando el Puerto de Cancarix hacia el Tolmo de Minateda

Esta derrota, anteriormente descrita, ha sido cuestionada, dada la existencia de un desvío que ofrece mayores facilidades y que, discurriendo por la Cola de Zama, desembocaría en la orilla izquierda del arroyo de Tobarra, donde se conocen necrópolis ibéricas y restos arquitectónicos (Balsa de los Moros), que han estimulado la idea de un emplazamiento suburbano, con apogeo en época alto-imperial, que llegaría hasta el momento visigodo y la dominación árabe (Gamo Parras, 1998, 157).

El Tolmo de Minateda es una meseta con rebordes abruptos y cincuenta metros de elevación sobre el terreno circundante, ubicada en un punto de control territorial y viario, en cuya superficie y alrededores, aparece un poblamiento ininterrumpido desde la Edad del Bronce hasta el siglo XI d.C. Como oppidum ibérico tenía una subida labrada en la roca a lo largo de un vallejo interior, El Reguerón, único acceso por el que los carros ascendían hasta la superficie de la meseta, donde dejaron profundos surcos labrados en la roca. Dicho camino partía de la misma vía que traemos (que surcaba por la base nororiental del asentamiento) y  que fue reacondicionado, cuando los visigodos modificaron la poliorcética de la vaguada, erigiendo dos torres que flanqueaban la puerta principal (Abad Casal et alii, 2008, 327). Muy próximo al lugar donde este camino se segregaba del general, se encontraba una necrópolis ibérica (Norte), en la que se excavaron una docena de incineraciones y algunas inhumaciones infantiles, con estructuras tumulares de adobe y monumentos de sillería (ss. II-I a.C.), dispuestos de modo que fuesen observados directamente por los viajeros que recorrían la calzada (Abad Casal y Sanz Gamo, 1995, 225-226).





Ilunum desde el Pequeño Tolmo y la necrópolis rupestre visigoda.
Aunque la calzada corre a espaldas de la meseta, se aprecia el camino de acceso por El Reguerón
Para época romana se ha identificado como la ciudad de Ilunum, que fue fortificada cuando alcanzó el rango municipal, según consta en una inscripción monumental amortizada en la muralla tardía. Siguió desarrollándose bajo dominio visigodo, adquiriendo el valor de “lugar de frontera”, al encontrarse emplazada en la ruta que unía las capitales de ambos reinos, momento del que nos ha llegado un complejo episcopal erigido en la zona alta. Esta construcción habría que situarla cronológicamente en el tránsito de los siglos VI al VII, momento de la vigorización de la ciuitas, tras ser designada como sede de la parte de la antigua diócesis ilicitana que controlaban los visigodos (Elotana), en su avance bélico sobre el territorio bizantino en dirección a Carthago Spartaria (Abad Casal et alii, 2008, 329). La conquista musulmana respetó en principio su autonomía, integrándose en el Pacto de Teodomiro para, con posterioridad, convertirse en la madina Illyh de los itinerarios árabes, antes de caer definitivamente en el olvido.


Siguiendo con el camino romano, éste discurre bajo los cortados al NE de la ciudad para, desviarse de la carretera nacional, después de cruzar el curso del arroyo de Minateda-Agramón, compaginando entonces su trazado con el de la Cañada Real de Cartagena. Por la margen derecha del arroyo de Tobarra, pasa a unos 800 m de Torreuchea y al cortar la Vereda de los Valencianos, encuentra la mutatio de Los Pardos, donde apareció un miliario de Maximino I el Tracio. Unos metros más adelante, se halla la parcela donde fue excavada la necrópolis ibérica del Pozo de la Nieve, en la que, entre otros enterramientos pertenecientes a diversos momentos de esa cultura, al menos un pilar estela fue erigido a la vista de los transeuntes, allá en las postrimerías del s. V a.C. (López Precioso, 1995, 268). Pero entre todos sus hallazgos, no podemos dejar de significar una discreta incineración depositada en un bolsal ático de B. N. que, en su base exterior, presenta dos numerales griegos y una breve inscripción fenicia: qbr qtn (tumba de Qtn), que nos está advirtiendo sobre los restos de un púnico enterrado bajo ritual ibérico, algo que de otro modo no hubiésemos podido sospechar (De Hoz Bravo, 2002, 79). Esta sutil relación entre el origen del finado y el papel que puede significar su presencia en la necrópolis, no deja de evidenciar el vuelco comercial que se acababa de producir en el Mediterráneo, donde los mercaderes basculan su actividad desde el Próximo Oriente hacia Occidente, configurando una nueva potencia económica y cultural cuya base principal iba a radicar en el Norte de África. El propio producto cerámico suntuario, objeto destacado de importación y distribución a lo largo de los ss. V y IV a. C., con su número de lote impreso, todo ello al pie de la que ya era una de las más importantes rutas comerciales prerromanas de la Península, nos permite materializar una visión mercantil y cosmopolita, si se quiere idealizada, acerca de la formación y desarrollo de la posterior vía romana, cuyo recorrido intentamos aquí perseguir y sintetizar.

El Pozo de la Nieve de Torreuchea, alineado al Sur con el Tolmo y el Puerto de Cancarix.

De nuevo por la cañada, se separan las vías pecuarias, la manchega de la cartagenera (que es la de Cuenca) a la altura de la Casa de la Cueva, atraída aquella por la pujanza medieval de la localidad de Hellín, acortando nuestra calzada su derrota, por un estrecho breve entre las Sierras del Almez y la Cueva, paso sin dificultades, que va a desembocar en la Venta del Vidrio, donde poseemos nuevos testimonios de los restos allí localizados (Cornide, 1797, 303). Aquí comprobamos marcas de orbitas que hemos individualizado en tres sectores puntuales y consecutivos a lo largo de un centenar de metros, correspondientes a la zona de mayor angostura del pequeño desfiladero, donde las más occidentales (exteriores al camino y fuertemente entalladas en la roca) habían sido reseñadas por otros investigadores (López Precioso, 1993, 115); quedan estas roderas como testimonios del tráfico mantenido por el vial, siglos después del apogeo de la ruta clásica.

Entalles al margen del camino en el estrecho de la Venta del Vidrio

A partir de la Venta del Vidrio aparece un terreno abierto en el que, por encima del actual abandono y aspecto desértico, se localizan multitud de actuaciones hidráulicas ruinosas o casi desaparecidas que contribuyeron, hasta un pasado muy reciente, a la feracidad de los cultivos en el valle del Arroyo de Tobarra; así, varios molinos y canales se distribuyen en los márgenes de un cauce muy erosionado, cuyas cárcavas se intensifican bajo los mismos cortados de la Venta, poco después de la embocadura montañosa por la que la calzada acaba de transitar. Dentro de este paleoambiente agrario, parcialmente reconquistado por las atochas, y nada más superar el aljibe de la que fuese parada de diligencias, encontramos a 150 m al oeste del camino, el asentamiento rural visigodo de la Loma Lencina, ligeramente encaramado sobre el terreno de la orilla opuesta de la rambla, donde fueron señaladas varias edificaciones cuadrangulares y fragmentos de ollas, que permitieron  datar el poblamiento desde el siglo VII d. C., hasta la ocupación musulmana.


Umbral en una estructura de la Loma Lencina

 El rodeo del macizo del Castellar se realizaría por Belén y Sierra en detrimento de Cordovilla, por el llamado “Camino de Murcia”, aunque pensamos que las pendientes son ligeramente más suaves por el nororiental, donde también se conoce un yacimiento romano (López Precioso, 1993, 117); así que, intentando no perder altura, discurre la calzada por el oeste de la localidad de Tobarra (no por ella misma), colindando con su huerta, sitio en el que los paisanos refirieron a Cornide restos de la vía, y donde su rastro se iba a perder con posterioridad (Miñano y Bedoya, 1829, 343).

La ruta incide contra la Sierra del Castellar, que podía rodearse por ambos flancos

De cualquier modo, y en virtud de las alineaciones montañosas que a partir de aquí se suceden, vuelve a ocultarse bajo  la N-301, y utiliza los amplios valles entre las Sierras del Apedreado y los Navajuelos hasta el Puerto de Aguabuena o de Tobarra, para dirigirse a continuación al Paso del Estrecho, angosto breve, que procura otros corredores despejados, dotados de nuevas  y suaves pendientes. De este modo, pasa muy recta por la Venta de Patagorda, donde las obras de la Autovía de Murcia, destruyeron tramos de su terraplén coronado de bordillos, de la manera más absurda. Tras superar la altura de Los Hitos, llega a la Venta Nueva, parada habitual de los itinerarios modernos, parajes ambos, que proporcionaron el hallazgo de dos miliarios correspondientes a las generalizadas actuaciones de mantenimiento de la vía bajo los emperadores Tiberio y Trajano.  En el entorno destacamos el núcleo romano de La Buitrera, en el camino que conduce de Venta Nueva hacia Mizquitillas y la necrópolis de El Navajón, identificada por Joaquín Sánchez Jiménez en 1948 (Sanz Gamo, 1997, 238).
Desde Venta Nueva la vía gira 45 grados  hacia el NW y  marchando por el Camino de Chinchilla a Murcia, llega a las inmediaciones de Mercadillos, donde estaban señalados otros restos. En la planicie se suceden los sitios arqueológicos, disimulados, y destruida su estratigrafía por el intenso laboreo agrícola; más al oeste, por la Cañada de la Abejas, también se extienden  terrenos abundantes de cerámicas ibéricas y romanas. En Mercadillos de Arriba un suave golpe de timón endereza la ruta, que desdeña la carretera contemporánea, evitando así el Estrecho de Pozo Cañada, descrito por Laborde como paso caminero en extremo detestable, y poco más adelante, a la altura del gran poblado del Campillo del Negro consignamos el hallazgo de un miliario de Caracalla.
La calzada continúa hasta cortar el ferrocarril en el punto kilométrico 305, donde equidista poco más o menos de tres de las necrópolis ibéricas de La Cueva y Pozo Moro, avanzando hasta Aldeanueva por las proximidades de nuevos emplazamientos romanos, como son los Villares del Pozo Milla, Hoya Jimeno y la Casa Gualda.  Es en este tramo, junto al anteriormente descrito de Patagorda, donde en los años ochenta, Silléres advirtió la presencia de las infraestructuras mejor conservadas de la vía entre Cartagena y Chinchilla, aunque hoy, por mano de las concentraciones parcelarias y la indolencia, no se haya conservado de aquello, -tan siquiera- ni el recuerdo de su derrota original.
Desde Aldeanueva la vía alcanza los 800 m de altura, dirigiéndose certera hacia el Castillo de Chinchilla dejando, donde antes hubo señalados taludes, estelas blanquecinas netamente visibles sobre las ortofotos. En la Venta de los Dolores gira al NW, nada más superar un importante nudo pecuario, en el que también se disgregaban los Caminos Reales de Valencia, Alicante y Murcia, poco antes de las postas y posadas del Pozo de la Peña. Mientras, ha compartido un breve trecho con la ruta de los Vasos de Vicarello, que viene de Los Llanos y va hacia Pétrola en un peregrinaje, si cabe, todavía más arcano. Poco más de un kilómetro adelante, discurre al costado de la mansio de SALTIGI, cuyo auténtico núcleo poblacional se establece cerca, en el heredamiento de Los Rubiales y sitio actual de Los Villares (Sanz Gamo, 1997, 23). El panorama territorial se completa con un establecimiento de apoyo al tránsito viario propio del Camino de Aníbal, sito en el Villar de la Casa de la Laguna y un punto de control estratégico en El Castillo, que tuvo población anexa en época ibérica y romana.
La calzada lleva ahora la dirección que heredarían todos los trazados viarios posteriores, que siempre eludieron el ascenso innecesario a la Ciudad de Chinchilla, ni tan siquiera a sus arrabales; así pues, la ruta da sus últimos pasos por el recién tomado Corredor de Almansa, antes de subir un repecho y abrirse a la inmensidad de la llanura manchega oriental, en un sector donde son frecuentes las hiladas de piedras ribeteando la vía, restos de terraplenes, e incluso de fosas de extracción, encontrándose el conjunto, entre el apeadero del Pozo de la Peña y el Parador de Turismo, afectado por una de las modernas e innovadoras actuaciones carreteriles del sistema radial español, definido a finales del s. XVIII: la Carretera de Madrid a Valencia, bajo la que se realizaron diversas obras de fábrica (Puente de Cansalobos, tajea de La Losilla) que interrumpieron la continuidad de los restos romanos y alteraron su morfología, pero conservando algunas de sus características, tal y como correspondía a las ideas constructivas fomentadas durante La Ilustración: “… Pero no se duda ser esta Ermita antiquísima como la de los llanos por allarse ambas situadas en medio de la Caja del Camino, conocido por el de los Romanos, el qual cortaron, o abrieron en aquellos primeros tiempos a cuerda de Cartabón, y lo empredraron, y siguieron de Mar, a Mar, esto es, de Barcelona a Cadiz, Como se manifiesta de toda la Caja de su cuerpo, y Calzadura de Piedra a el modo que se esta oy construyendo el que baja desde Madrid para esta Villa, y debe seguir a la Ciudad de Valencia, y Puerto de Cartagena. …”.

En la primavera de 2006 y ante el inminente proyecto  de una macro urbanización en La Losilla (Chinchilla de Montearagón), cuyo eje principal era la propia calzada, procedimos, con el imprescindible apoyo de la Asociación Caminera Carraquinea  a su denuncia, forzando ese mismo verano la Delegación de Cultura  las excavaciones preventivas pertinentes, aunque  la explosión de la crisis inmobiliaria y económica que iba a suceder, con efectos de paralización y estancamiento del proyecto urbanístico –hasta el día de hoy-, dio al traste con la puesta en valor de los restos. Estos vestigios, tras ser excavados y reconocidos, se abandonaron sin una mínima protección, tan siquiera un soterramiento controlado, o el empleo de cubiertas de geotextil, quedando a la intemperie, sometidos a diferentes agresiones que los están destruyendo de forma lenta pero inexorable, mientras aparecen varados en un descomunal océano de escombros, depositados inicialmente  para estabilizar la plataforma de la quimérica construcción. Esta intervención arqueológica de urgencia generó cierta polémica entre sus directores y nosotros los denunciantes, en cuanto a la interpretación de los restos viarios y la adecuada técnica de cortes arqueológicos a aplicar para el conocimiento de los paquetes de firme y cimentaciones.

Tajea de finales del XVIII rompiendo el paquete de firmes del terraplén, ejecutada durante la construcción de la Carretera de Madrid a Valencia, primera actuación del Plan Radial de comunicaciones terrestres. La Losilla, Chinchilla de Montearagón (Foto del Autor)

Los restos de la calzada se eclipsan cuatrocientos metros después del nudo de la autovía de circunvalación, fagocitados por la masa urbana de Albacete, sin que haya rastro ni recuerdo de su paso hasta la localidad de La Gineta, unos 22 km al NW, siguiendo el rumbo más directo, y económico para la calzada de Carthago-Nova a Segobriga, y sin que podamos vislumbrar ninguna variante más lógica.
De este modo, la vía entraba en Albacete por la Puerta de Valencia y después de descender por la Cuesta de la Purísima desde el barrio de Carretas, con probabilidad atravesaba la población por el suave collado entre los promontorios del Alto de la Villa y el Cerrico de San Juan, o al este inmediato del último, en cuya ladera meridional se ha identificado poblamiento ibérico y romano, siguiendo un patrón de hábitat ampliamente documentado en La Manchuela. Desde allí saldría de la ciudad por el Fielato y la Carretera de Madrid, por donde iba a seguir hasta La Gineta.
La importancia del área geográfica situada frente a Chinchilla como “encrucijada de caminos y sitio de paso”, allí donde se encontraba la mansio de Saltigi, terminó basculando, después de un proceso histórico muy lento, en favor de Albacete, cuyo activo desarrollo desde época medieval, fue dependiendo de intereses sociopolíticos y económicos que se vieron reactivados constantemente; ello llevó a la atracción de importantes ejes excéntricos a su solar, como fue –entre otros- el propio Camino de Aníbal y sus trazados viarios heredados (itinerarios medievales y modernos, caminos reales y vías pecuarias). El emplazamiento de la Villa en Los Llanos y su pujanza desde la dominación musulmana, no fue una circunstancia aleatoria, sino que se vio determinada en su génesis, por la vía que penetraba en el interior de la Península, desde uno de los puertos más importantes del antiguo Mediterráneo y a cuyo mismo pie germinó.

Taludes perdidos cruzaron una vasta llanura con frecuencia anegada que, tras rozar la vieja ermita de la Santa Cruz, volvían a hacerse patentes a lo largo del eje axial que constituía la calle principal de La Gineta, donde se remarcaba la existencia de un vetusto aljibe origen de la población, circunstancias ambas que los testimonios locales no dudaron en atribuir a los romanos: “36…en esta villa hay un edificio antiguo que es un aljibe grande y muy bueno cubierto de bóveda (cimbrada) donde se recoge el agua (de lluvia)que corre de la que llueve de las vertientes, se dice que lo hicieron los romanos y también pasa por esta villa una calzada de piedra de hasta 20 pies de anchura que se dice que la hicieron los romanos”. Este sitio pasajero, que recibió el nombre del impuesto y arancel allí exigido, se estableció en un punto crítico para dar apoyo al tráfico viario, siendo el aljibe -precisamente- su rasgo más señalado, significado en el Privilegio de D. Juan Manuel y Carta Puebla de La Gineta, emitida en San Clemente en 1348: “…tengo por bien hacer puebla en el lugar del Alxuibre que dicen de la Xineta, ques entre la Rroda y Albaçete…”.
A poco más de tres mil metros del centro de La Gineta, siguiendo la calzada y en un punto que sirvió de referencia para el amojonamiento de 1414  por el que se creó el término de Albacete, en el sitio de los Llanos de la Milaria se separa la calzada de todas aquellas carreteras que han sostenido el tráfico hasta nuestros días; ya no existen condicionantes que disfracen las infraestructuras primitivas con reformas ilustradas o decimonónicas, en una ruta de ciudades yermas, que subsistió a lomos de ganaderías y hatillos de soldados, pero que conservó la etiqueta cartográfica de “Camino de los Romanos”.
Una decena de kilómetros al NE del desvío, en la orilla derecha del Júcar, se encontró a mediados del s. XX el miliario de Los Pontones, perteneciente al emperador Tiberio y amortizado en una necrópolis visigoda. Este lapis pertenecía a la vía, aunque claramente estaba desplazado de la misma. Su ubicación ha perjudicado el conocimiento de la dirección correcta de la calzada, cuando de otro modo y debido al cómodo paraje por donde transitaba, su trazado nunca hubiese sido sometido  a vaivenes interpretativos.
Como venimos diciendo, fueron los polígonos industriales y las concentraciones parcelarias, a finales de los noventa, los encargados de borrar el recorrido del camino a caballo entre los términos de La Gineta y Moltalvos, en ausencia de las figuras administrativas encargadas de su protección; pero cuando la vía llega a la Haza del Monte recupera su aspecto tosco y rural, iniciándose un variopinto elenco de restos,  consistentes en terraplenes aminorados en latitud, breves hiladas de maestras y zahorras de cuarzo rodado. En las proximidades de la Casa de la Sartén, se veían largos sectores de bordillos todavía a mediados del siglo pasado y se pudo recabar información relativa, acerca de la altura considerable que presentaba la plataforma del firme, en relación a los campos circundantes.

Una vez cruzado el cauce del Trasvase Tajo-Segura, sitio al oeste de La Roda, aparecen más vestigios por la Casa de Taberneros y hacia Hoya Murciana, donde Blázquez esgrimía como antecedentes, “…la existencia de trozos grandes de la calzada que no se veían interrumpidos en varios kilómetros hacia Sisante” (Blázquez Delgado y Blázquez Jiménez, 1921, 73); después viene el paraje de la Cueva de los Romanos, donde se suceden taludes descompuestos y encintados intermitentes. Es el tramo donde las Relaciones de La Roda fueron más contundentes: “...Y ansí mismo dixeron: que en término de esta villa, una legua de ella hacia la parte do sale el sol y al norte, traviesa un camino real que dicen El Murciano, que en su hechura es muy notable, porque va todo empedrado en forma de calzada con muchos aljibes. Viene desde Cartagena y pasa a Castilla la Vieja, y es camino muy antiquísimo, y se tiene memoria en esta tierra que lo hicieron los romanos cuando venían a conquistar España y se defendía el paso de dicho camino desde este castillo de Roda en un tiempo.....”. También Coello, para el que los indicios de la vía eran evidentes en muchos de los pueblos por cuyos alrededores pasaba, dejó constancia en particular del presente sector, rotulando la calzada en su Mapa de la Provincia de Albacete de 1876.


Provincia de Albacete, 1876, Fco. Coello (parcial)

La llegada posterior a la Casa de la Generala, nada más cruzar la carretera de Villalgordo anuncia, con la multiplicación de las estructuras visibles, un panorama mucho más satisfactorio, de modo que, al progresar dentro de la finca de Los Prietos, donde el estado del camino dificulta su accesibilidad y atraviesa sucesivas áreas cinegéticas, constituidas por bosquecillos de carrascas, se muestran los tramos de calzada romana que en la actualidad, son los mejor conservados entre Carthago-Nova y Segobriga. El mérito de su conservación debe reconocerse a los sucesivos propietarios, quienes –curiosamente-  por encima del abandono y falta de capacidad para interpretar los restos de los responsables culturales, los han preservado, haciendo gala de las que parecen mejores cualificaciones para valorar un camino antiguo, léase: prudencia, lógica y respeto.
 Dos zonas ligeramente elevadas de bosque bajo limitan la hoya (Llanos de Mejorada), en cuyo extremo suroccidental aparece la Casa de Los Prietos; en ambas, los terraplenes de la vía se ven insertos en las carrascas, siendo medianamente sostenidos por los bolos alineados que conforman sus margines y que sujetan, aún con eficacia y en varios puntos, los paquetes de firme, integrados por zahorras naturales de diferente granulometría y compactadas con áridos, en los que las cuarcitas rodadas constituyen el material granular superior de la capa de rodadura. La que denominamos Carrasca Norte, en ese límite de la finca, presenta 300 m de bordillos enfrentados, entre los que advertimos distintos grados de preservación de las capas, así como un sector dotado de cuneta de drenaje longitudinal muy deteriorada.

Entre estas dos reservas viarias, aunque más cercana a la meridional, hallamos el gran establecimiento de apoyo al tránsito viario  del cruce de Los Prietos, un yacimiento polinuclear cuyos restos exceden las 20 Ha y que comprende, además de la propia mutatio, un poblado romano, otro ibérico con necrópolis y un pequeño emplazamiento medieval. En su zona más alta, recuerdos vagos de una piedra fracturada con letras escritas y de un aljibe, hoy en día ilocalizable, en la “Piedra del Águila” El llano cultivable que se extiende a sus pies, está ocupado por dos grandes pivots de regadío, afectando la calzada un sector circular del superior, donde resulta emblemática la lengua terraplenada compuesta de gravas y otros materiales de acarreo, que se hace  patente desde cualquier punto de observación terreno, aéreo  o espacial.
 
Aljibe de la Casa Buedo
 Por la Cruz de los Arrieros sale la calzada del latifundio, con algunos bordillos, subiendo hacia el cruce de la Vereda de los Serranos, importante vía pecuaria que quiso ser significada con la dignidad de un trayecto entre Corduba y Saguntum (Corchado Soriano, 1969, 148), pero en cuya intersección, ha dejado la “nuestra” sus hiladas paralelas de bordillos, con latitud perfectamente mensurable, certificando la preeminencia de sus infraestructuras por encima de cualquier otra disquisición caminera.

Bajo el control de Los Villares, en un periplo ribeteado de taludes descompuestos y maestras acechantes, llega a la Casa Buedo, con su gran aljibe ligeramente apartado, lugar donde viera el comisionado de Coello, cómo los labriegos  levantaban el empedrado a fuerza de azadón y reja (Santa María, 1897, 7). Luego cruza la carretera de Sisante a La Roda para, por el sitio de La Calzada, resistir durante dos mil metros la habitual tiranía del asfalto, apareciendo al otro lado de aquella, paralela y con terraplén  digno, que en ocasiones, muestra breves alineaciones de bordillos muy esquivos. Más adelante termina siendo absorbida por la comarcal, a la altura de las Casas del Guijarro, donde hay un ventorro, para separarse nuevamente con mucha parsimonia, dirigiéndose por El Imperio hacia el Este de Pozoamargo, donde según Santiago Palomero, se desvía, aunque para los que suscriben, la principal continúa hacia el vértice de la Sierra de la Ermita de la Virgen de la Cabeza.


La vía va girando hacia el NW a medida que supera el casco urbano de Pozoamargo, pivotando en el extremo montuoso y orientando su recorrido por la margen izquierda del pasillo de La Cañada, marchando hacia Vara de Rey y manteniendo el apelativo de Camino (Viejo) Romano; pasa por la mutatio homónima, desde la que continúa con terraplén realizado en terreno de suave pendiente transversal, que en tramos fue desfigurado por aterrazamientos agrícolas; avanza hasta la Media Legua, donde cruza el valle que se estrecha y asciende, habiéndose incorporado con anterioridad el Camino Nuevo Romano o de la Cañada de los Molinos, que venía desde el SE y por la mediana del valle hasta la mencionada convergencia.

Pegado ahora a la vertiente contraria, atraviesa la carretera en un collado y gira hacia el pueblo de Vara del Rey, siendo detectado por última vez su terraplén laboreado, frente al Calvario, ya en las inmediaciones de las casas. Este sector, que después de la Media Legua ha socavado en parte su recorrido, poseía bordillos de gran tamaño, precisamente antes de la conjunción con el Camino Nuevo, siendo arruinados por una reparación de pistas rurales  carente de control arqueológico,  ejecutada en la primavera de 1998, antes de la cual, pudieron documentarse gráficamente de forma mínima y casual.

Estela de gravas de la calzada, procedentes de la destrucción del terraplén por laboreo intensivo, justo antes de desaparecer bajo el casco urbano de Vara de Rey, frente al Calvario (foto del autor)

Hay que señalar que, a partir de este punto, la vía adolece de una carencia de restos casi absoluta, hasta llegar a las mismas inmediaciones de Segobriga, ya sobre el río Cigüela.
Vara de Rey alberga un considerable yacimiento que se extiende por su casco urbano y las alturas adyacentes, llamado Los Villares; a su neta componente romana, particularmente apreciable en los alrededores de la Iglesia Parroquial, se une un sustrato más amplio indígena, quizá un horizonte arqueológico homologable al de su vecina Iniesta; así, el hallazgo habitual de monedas de la ceca Urkesken en el propio solar y territorio circundante, numario por otro lado bastante escaso, nos advierte sobre la posible etiología del lugar. Por otro lado, y aunque el texto no ha sido mencionado por los autores, las Relaciones de Vara del Rey precisan:
“36…junto a esta villa, en Los Villares, que dicen, paresce haber sido edificios de los moros antiguos, que es lo más alto del pueblo; hay paredes recias de cal y canto donde estuvo un castillo en tiempo de los moros, que parescía ser cosa fuerte, aunque de él hay poco de presente”.
55…que esta villa está sita y poblada en el camino murciano que dicen haber hecho los romanos”.
Entre Vara de Rey y el Villar de Cantos no se ha encontrado, hasta el momento, modo de localizar la vía sobre el terreno; algunos residuos y un paso sobre la Rambla de la Nava podrían identificar su trazado, aunque no de forma totalmente satisfactoria, quedando además pendiente la adecuación correcta de los perfiles longitudinales. Por otro lado, pensamos que discurrió por el Camino Viejo del Villar de Cantos y las inmediaciones de un yacimiento de dilatada cronología, ubicado en las laderas meridionales, al abrigo de los vientos dominantes, del alto de La Coronilla, punto aproximado en el que se desvía hacia Valeria la vía I.3 de Palomero. Desde La Coronilla baja al valle del río Rus por un estrecho que presenta cerámicas ibéricas, hasta el sitio de Los Villares, en la vega, yacimiento denso con un pozo revestido de sillares y ubicado en la zona central del poblado, pasando el camino al costado izquierdo de las ruinas.  Desde allí,  tal y como preconiza Santa María (Santa María, 1897, 7), en contra de Corchado (Corchado Soriano, 1969, 143) sigue, no por Perona, sino por la orilla derecha del arroyo de Santa María hasta la Casa del Villar de los Caballeros, tramo donde se le conoce como “Camino Romano” (extremo comprobado sobre los mapas catastrales), hacienda donde se enorgullecían de no haberlo alterado ni roturado.
Pasada la altura de la Casa del Villar, la vía intercepta una encrucijada caminera secular, por donde cruzaban los Itinerarios de Villuga  nº 100 (Granada a Cuenca) y nº 16 (Valencia a Guadalupe), internándose seguidamente por un cañón suave bajo los numerosos corralones del despoblado medieval de Los Villares para, a continuación, encontrarse en la orilla opuesta con otro nuevo yacimiento, el de Pelernalejos, que era mencionado en las Relaciones. Desde este lugar se pierden de nuevo sus restos, aunque la calzada avanzaría sin dificultad orográfica alguna, pasando junto a Santa María del Campo Rus, y siguiendo al NW a la vista del extenso yacimiento romano de La Petiña (a 1km sobre la orilla opuesta del río), hasta llegar a Pierde Amigos, donde entronca con el camino proveniente de San Clemente y La Alberca. Ahora pasa a denominarse Camino Murciano, aunque Santa María, que describió algunas características de los espesores de la composición del firme, cuando era levantado por labradores a menos de un kilómetro al este de Villar de la Encina, dice que en este pueblo conserva el nombre de Camino Romano (Santa María, 1897, 7). Santiago Palomero, que nos advierte sobre la alta concentración de asentamientos a un lado y otro de la vía en este sector (Palomero, 1897, 112), consigna un posible miliario fragmentado en el despoblado medieval de Los Villares.
Tras dirigirse por las proximidades de Fuente Jimeno y cortar la carretera de Villalgordo del Marquesado, la Colada del Camino de los Murcianos (cuyo nombre mantiene hasta el término del Villar de Cañas) llega a La Ventilla, donde hay un nuevo yacimiento romano de entidad y una encrucijada de caminos, a partir de la cual, no ha conservado su trazado en los viales contemporáneos, hasta que llega al Portillo de la Venta, aunque sus alomamientos son patentes bajo los bancales de secano. Los complejos de lapis specularis de Osa de la Vega-Belmonte (15 km SW) y de Villalgordo del Marquesado, Montalbanejo y La Hinojosa (7 km NE), con el centro de procesamiento de Los Villares, conforman la zona meridional de la magna explotación minera romana (Cien mil pasos alrededor de Segobriga).
Desde ahí sigue la derrota noroccidental deslizándose por un pasillo al costado del macizo de Pinar, sorteando el río Viejo por Vadomurcia (Palomero, 1987, 112) para cruzar entre Alconchel de la Estrella y la ciudad iberorromana del Cerro de la Virgen de la Cuesta, donde también se localiza una mina de yeso cristalino en Las Pedrejas.  Cornide recoge el testimonio de la cercanía de la “calzada de los romanos”, aportado por Román de la Higuera, en relación a los numerosos hallazgos efectuados en la ciudad: “El Padre Román de la Higuera tuvo noticia de esta calzada; pues hablando de sus apuntamientos en Alconchel dice que está en la Celtiberia á 4 leguas de Cabeza del Griego y cerca de la calzada de los romanos, y que allí se han hallado estatuas, ídolos, monedas, cascote y piedras sillares” (Cornide, 1799, 154). También en 1997, aparecieron restos de la capa portante, equipada con bordillos y en longitud de una decena de metros, con ocasión del desbordamiento y el consiguiente arrastre de un ramblazo (Arias Bonet, 1997, 33).
Por el destruido puentecillo del arroyo Cazarejo (Palomero, 1987, 112), continúa hasta incorporarse a la carretera de Villarejo y salir del término por La Matanza, perdiendo su trazado bajo tierras de labor, cuando  llega a la intersección de la CM-3118 y tiene a la vista el Castillo de Fuentes (Sánchez Sánchez, 2007, 65). Cruza el Záncara junto a esta fortificación y ermita homónima, dejando a la margen contraria el solar de la villa romana de La Rinconada y Los Blancares (espejuelo) en la propia, asumiendo la denominación  de “Colada de la Calzada o Camino Romano” y retomando su orientación preferencial, después de recorrer un breve tramo hacia el ocaso. Pasa entre la mina de Los Espejares y el Villarejo de Fuentes, cortando la carretera de Montalbo, a partir de la que se suceden restos abundantes de empedrados. Manteniéndose al occidente de  la población de El Hito, desciende con relativa suavidad hacia el Cigüela, por la vertiente de El Pozuelo, donde Santa María señaló sus restos, netamente alineados con los que se percibían al otro lado del valle (Santa María, 1897, 7), llegando a las proximidades de La Tajonera, villa romana donde se hallaron tres miliarios en 1985 (Augusto, Tiberio y Claudio). Una vez incorporado al devenir del valle, bajo Villa Paz, se aprecian las primeras líneas de bordillos (20 m), desde los últimos conservados allá en la Casa Buedo, al sur de Pozoamargo.
No existe constancia auténtica sobre el punto donde la calzada ab Carthagine cruzaba el río Cigüela, probablemente en Puentes Viejas, donde existen dos puentes de un solo arco, quizá por el extremo occidental de la Isla de los Potros, aunque es indudable que la vía principal asciende por el NE de Castillejo, sitio de donde procede al menos un miliario de Adriano y otro fragmentado dudoso y donde están constatadas hileras de encintados longitudinales y terraplenes descompuestos, que aparecen labrados pero perceptibles en las zonas altas del trayecto. Una vez la vía alcanza el Collado de las Carretas, se precipita hacia el SW junto a la carretera proveniente de Saelices, que va directa  hacia la Caput Celtiberiae. Un acceso secundario discurre desde Castillejo, siguiendo por la orilla norte del Cigüela, penetrando por el estrecho fluvial consiguiente; camino  que presenta desmontes y algunos bordillos casi ciclópeos a la altura del poblado indígena de La Garita, y que arriba al casco urbano por el Molino de Medina y el Ojuelo; que sepamos, nadie ha hablado con claridad sobre esta entrada.

La tercera opción descendía por el Cerro de los Santos, el Templo de Diana y las Canteras de los Rostros, ubicadas en la muela al mediodía de la ciudad, cruzando el Cigüela por un puente de un solo arco que todavía subsiste, aunque muy remozado (Durán Fuentes, 2008, 219-220).  Este camino se desarrolla por una vaguada desde el yacimiento de Peñalisa, presentando restos viarios de diversa índole (carriladas, pavimentos de piedras concertadas, ligeros terraplenes, cunetas de desagüe, bordillos, etc.), con una pendiente media que estimamos inferior al 5 %, por tanto asequible al tráfico de carros, aunque su aspecto sea de herradura. Muchos viajeros observadores lo han inspeccionado, aunque corresponde a Cornide su descripción primera (Cornide, 1799, 155-156).




Características del la subida al Cerro Sur de Cabeza de Griego

 Sobre él confluía la vía de altura que daba servicio a los complejos mineros de La Horadada y Los Blancares (Osa de la Vega y Belmonte),  además de otra entrada para la Vía del Esparto propuesta por Palomero[90], que enlazaría con la cartaginense a través de Almonacid del Marquesado y Villarejo de Fuentes.




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...