In memoriam Pedro Morales Cuenca.


En la localidad conquense de Torrejoncillo del Rey, fue descubierta en el año 1955, por D. Pedro Morales, una cavidad revelada en sueños, como un lugar donde encontraría un singular tesoro escondido en un palacio de cristal.

Tres meses de intensos trabajos dieron como resultado el hallazgo de una cavidad subterránea que resultó ser una mina romana de lapis specularis, de la que no quedaba ni el recuerdo.

En la actualidad, gracias a la intervención de la asociación arqueológica: Cien mil pasos alrededor de Segóbriga y la diputación provincial de Cuenca, se ha convertido en lugar de obligada visita tanto por su interés histórico como cultural.

Si deseas saber más sobre esta historia, accede mediante este link

https://moraencantada.blogspot.com/2011/04/historia-de-un-sueno.html


domingo, 10 de julio de 2022

ELIO GALO EN ARABIA

 

Elio Galo, el prefecto romano que encabezó una expedición a Arabia






Aunque la península arábiga no forma parte de ese continente, también podría sumarse a esos territorios lejanos que alcanzó Roma, ya que, siguiendo órdenes de Augusto, hasta allí llegó un ejército del prefecto de Egipto, Elio Galo, cuya misión terminó mal.

Cayo Octavio, adoptado por su tío-abuelo Julio César en el año 44 a.C., le sucedió tras deshacerse de sus principales rivales, Marco Antonio y Cayo Emilio Lépido, con quienes había formado inicialmente el conocido como Segundo Triunvirato para repartirse el poder y evitar una guerra que al final no se pudo evitar. Corría el año 27 a.C. cuando el Senado concedió a Octavio el cognomen de Augusto primero y el título de princeps después, convirtiéndolo en emperador de facto hasta el punto de que adoptó el nombre oficial de Imperator Caesar Divi Filius Augustus.

A partir de ahí fue concentrando en su persona todas las competencias políticas, si bien concediendo algunas a los senadores para mantener la ficción republicana; pero lo hacía sin que tuviera a nadie en la oposición, lo que le permitió concentrar su atención en solucionar los problemas de su nuevo imperio. En el plano militar, el más acuciante era solventar la resistencia de los pueblos del norte de Hispania, cántabros y astures, que permanecían irreductibles desde un cuarto de siglo antes. Corría el dicho año 27 a.C., cuando Augusto reestructuró la península ibérica en tres provincias, Bética, Tarraconense y Lusitania, quedando encuadradas en esta última Asturiae y Gallaecia.

Al año siguiente se desplazó personalmente y estaba inmerso en esa campaña -que no terminaría hasta el 19 a.C- cuando el rico botín que iba obteniendo a costa de las minas locales -sobre todo el oro de Las Médulas- le animó a emprender otras conquistas estratégicas, creando territorios tapón contra posibles incursiones exteriores: en la región alpina contra el peligro germano y en Armenia contra los partos. Al final de su reinado, hacia el año 10 d.C., incluso apadrinaría -o al menos permitiría- la expedición que el rey de Numidia, Juba II, aliado de Roma, envió a la Mauretania Tingitana (Marruecos), estableciendo una factoría de producción de púrpura en Mogador (actual Essaouira).

Mogador y Sala Colonia (también llamada Salé, actual Chellah), sirvieron de base para visitar Canarias, Madeira, Santo Tomé y Príncipe, Cabo Verde y Fernando Poo hacia el año 10 d.C. No se ha podido determinar si esos marinos pudieron desembarcar en la costa guineana, pero el caso es que allí se han encontrado -al igual que en Togo, Ghana, Nigeria y Níger- monedas romanas. Bien es cierto que pudieron llegar por vía comercial, aunque lo importante es que el punto de mira se ponía ya en latitudes bastante lejanas.

En ese sentido, el año 26 a.C., el mismo en que los romanos fundaban las ciudades hispanas de Portus Victoriae Iuliobrigensium (que no está claro si se trata de las actuales Santander o Santoña) y Iulia Ilici Augusta (Elche), y los generales Cayo Antistio Veto y Publio Carisio dirigían la guerra contra los citados cántabros y astures respectivamente, un Augusto que seguía las operaciones más o menos de cerca decidió emprender otra aventura militar y esta vez en una tierra tan exótica como la Arabia Felix, que quizá recuerde algún lector por el artículo que dedicamos al explorador danés Carsten Niebuhr.

busto de Elio Galo

Arabia Felix era el nombre que se daba en la Antigua Roma a una de las tres provincias en que se dividiría la península arábiga, la costera, siendo las otras dos la Arabia Pétrea (el antiguo reino nabateo, en las actuales Jordania, sur de Siria e Israel, Sinaí y noroeste de Arabia Saudí) y la Arabia Deserta (el desierto interior, evidentemente, poblado por tribus nómadas), tras su conquista. Pero ésta se llevaría a cabo ya en los inicios del siglo II d.C. De momento, la Arabia Felix, que correspondería aproximadamente a los actuales Yemen y Omán, permanecía libre del poder romano.

Eso sí, su posesión resultaba tentadora porque en la Antigüedad el clima era un poco diferente, menos seco que ahora y, por tanto, se trataba de una región cubierta de fértiles campos. No obstante, lo más apetecible estaba en que, al abarcar los litorales del Mar Rojo y el Mar Eritreo, la hacían ser un núcleo comercial clave para la mercadería de las especias aromáticas y otros productos que llegaban desde la India y el Cuerno de África: canela, almizcle, incienso, mirra, gemas, tejidos, cosméticos, fármacos….

Según Estrabón, el territorio se repartía entre cinco reinos, cada uno especializado en un artículo, con el puerto principal situado en el Mar Rojo, en Eudaemon (hoy Adén), nombre griego que significaba fértil o productivo, si bien los romanos lo tradujeron como feliz, en ese sentido. Y precisamente Estrabón era amigo íntimo de Elio Galo, el hombre designado por Augusto en el año 24 a.C. para liderar esa expedición; de hecho, la principal fuente que tenemos para conocer ésta es su obra Geografía, completada por la Historia romana de Dión Casio y la Naturalis Historia de Plinio el Viejo, más algunos detalles de Antigüedades judías de Flavio Josefo.

Narraciones incompletas, en cualquier caso, ya que no se sabe casi nada de Galo anterior a ese viaje, salvo que quizá fue padre adoptivo de Sejano, prefecto de la Guardia Pretoriana y luego mano derecha de Tiberio) y que pertenecía al ordo equester (los équites, una clase social intermedia entre la senatorial y la plebeya) y que seguramente era el mismo al que cita Galeno a menudo, al haber tomado nota de remedios que empleó durante su misión.


En el 26 a.C., Galo fue nombrado praefectus Alexandreae et Aegypti (prefecto de Alejandría y Egipto), un cargo recién creado, similar al de procónsul y adscrito directamente a Augusto por la importancia económica del país, famoso «granero de Roma» (de ahí que también incluyera Augustalis en la denominación), cuyo primer titular era Cayo Cornelio Galo. Éste lo obtuvo, al igual que el ascenso social a eques, por su apoyo decidido a Octavio, cuya flota dirigió en Egipto. Allí contuvo a los últimos Ptolomeos en Tebas y comenzó una campaña de autoglorificación -estelas, estatuas…- que a la postre iba a serle contraproducente.

Y es que el Senado consideró que planeaba una secesión de Egipto, así que lo mandó procesar por alta traición y Cornelio Galo acabó desterrado primero y quitándose la vida después, ese mismo año. Pese a su amistad, el emperador no hizo nada por evitarlo, acaso cayendo también en la sospecha o quizá entendiendo que todo se debía a una acción senatorial para recortarle a él méritos militares y poder. A Cornelio Galo le sucedió su tocayo, que una vez en Egipto supo que su predecesor había abierto relaciones comerciales con Etiopía, una región que servía de puente con la península arábiga por su proximidad.

La noticia también debió llegar a Augusto, que, como decíamos antes, en el 24 a.C. encargó al nuevo prefecto que organizase una expedición a Arabia Felix con el objetivo de firmar tratados de amistad con esos reinos tan boyantes o, en caso de negativa, conquistarlos. Con ello se conseguiría, por un lado, mantener entretenido al nuevo prefecto, previniendo que le entrasen ambiciones como las de su predecesor; por otro, acceder a unas riquezas que se suponían desbordantes, reduciendo tanto los costes que suponían los largos viajes como las tasas que imponían los intermediarios entre la región y el Mediterráneo, al poder navegar directamente hasta la India por el Índico.

Entre esos intermediarios figuraban los sabeos, pueblo semítico que en fecha desconocida atravesó la península y fundó el Reino de Saba (actual Yemen) hacia el siglo XII a.C., dedicándose al comercio de especias aromáticas. También los himyaritas, que griegos y romanos llamaban homeritas, dedicados a la agricultura y al tráfico de mirra y olíbano, y que un año después del episodio que contamos aquí invadirían Saba. Y hay que citar asimismo al reino lájmida, también conocido como munadhírida, dirigido por la tribu de los Banū Lajm (Hijos de Lajm), que vivían en la meseta iraní, en la orilla derecha del río Éufrates, controlando el paso de especias a la península arábiga por tierra.

Emperador Augusto

Inmediatamente, Elio Galo puso manos a la obra y ordenó concentrar una flota de ochenta birremes y trirremes en Alejandría. Las dimensiones eran desmesuradas, si se tiene en cuenta que no había un estado de guerra propiamente dicho y los presuntos enemigos potenciales carecían de fuerza naval que oponer, así que finalmente sustituyó los barcos de guerra por ciento treinta de carga en los que embarcó a los soldados de la Legio XXII Deiotariana. Junto con los auxiliares hebreos (quinientos) y nabateos (un millar) enviados respectivamente por los reyes Herodes I el Grande y Obodas III, sumaban unos diez mil hombres.

La citada legión, creada en tiempos de Cayo Mario, en el año 48 a.C., debía su nombre a Deyotaro, rey de los tolistobogios, una tribu gálata -celta- de Galacia (actual Turquía), que se alió con Pompeyo contra Mitrídates VI en la llamada Tercera Guerra Mitridática para después acompañar a Julio César en su campaña por el Ponto. Estaba compuesta por legionarios gálatas, pero entrenada y dirigida por oficiales romanos, integrándose en el ejército imperial y destinada a Nicópolis (localidad cercana a Alejandría) junto a la Legio III Cyrenaica.

Las tropas realizaron la travesía -incomprensiblemente larga, de catorce días- y desembarcaron en Leuke Kome, la villa más meridional del reino nabateo, desprovista de defensas y de localización indeterminada, aunque Plutarco, en el episodio dedicado a Marco Antonio de sus Vidas paralelas, la sitúa entre los puertos de Beirut y Sidón (hoy se cree que coincide con Wadi Ainounah, en el golfo de Áqaba). Allí se produjo el primer contratiempo: Galo se vio inmovilizado todo el invierno debido al debilitamiento que las continuas enfermedades causaron a los soldados, que se sumaron a las resultantes del naufragio de algunas embarcaciones.

Por suerte, contó con la acogida del rey de los zamudíes, una tribu árabe del norte peninsular que aportó efectivos para cubrir las diezmadas filas romanas (posteriormente, cuenta Notitia dignitatum, un documento del siglo V d.C. que detalla la organización administrativa romana, los zamudíes se integrarían en la caballería del ejército imperial). Los mil guerreros nabateos enviados por Obodas III habían acudido al mando de su ministro Sileo, que como conocedor de la zona debía ejercer de guía. Sin embargo, el monarca no se fiaba de los romanos y encargó a su subordinado que demorase cuanto pudiera el avance de éstos. Sileo no sólo lo hizo sino que luego condujo a Galo por el peor camino hacia Aretas (quizá Medina), reino que llevaba el nombre de su soberano, pariente de Obodas, que tardaron en alcanzar un mes.

A continuación siguieron desierto a través hacia Ararene, en el reino sabeo, lo que hizo escasear las reservas de agua y comida, volviendo a extenuar a las tropas y provocando que continuara mermando su número; por las enfermedades e insolación, ya que los naturales no eran especialmente belicosos ni diestros en la guerra. Sileo evitó recalar en los oasis más grandes, como los de Yathrib-Medina o Dedam, y a duras penas consiguieron alcanzar el de Negrana (quizá Najrán, en el sudoeste de la actual Arabia Saudí), que medio milenio después sería el eje caravanero transpeninsular más importante, enlazando La Meca con Gaza a través de Medina.

Galo tomó posesión del lugar, como hizo a continuación con Nasca (en el actual Omán) y Athrula (localidad que no ha sido identificada), llegando a lo que Estrabón llama reino de los rhamanitas, a los que Plinio suponía descendientes de Radamantis, hijo que Zeus tuvo con Europa y hermano del legendario rey Minos de Creta. Después consiguió presentarse ante las murallas de Marsiaba (o Marsibia o Mariaba, la hoy yemení Marib, ciudad natal de la célebre reina de Saba), a la que puso sitio. El asedio no pasó de seis días porque las epidemias se cebaron con los romanos, así que el prefecto tuvo que conformarse con los alrededores, muy fértiles y prósperos gracias al riego que propocionaba una gran presa de la que ya hablamos en otro artículo.

Paralelamente, y como medida desesperada, Galo envió a un mensajero a la costa ordenando a su flota que tomara Eudaemon. Sin embargo, y pese a que el objetivo no distaba más de un par de jornadas, el prefecto renunció a marchar hacia allí con su infantería, asumiendo que la expedición había fracasado -aunque es raro, teniendo en cuenta su superioridad en el campo de batalla, por lo que es posible que se reclamara su presencia en Egipto- y no quedaba sino emprender el regreso antes de que enfermasen y muriesen todos o los enemigos aprovechasen su postración para unirse contra ellos.

Si el trayecto de ida se había prolongado durante seis interminables y penosos meses, el de retorno sólo ocupó unos sesenta días, puede que debido a que Galo se percató de la traición de Sileo -arrestado y enviado a Roma- y tomó otra ruta pasando por Hepta Phreata, Chaalla, Malotha y otro lugar inidentificado, Egra, así como por Mios Hormos, un puerto en el Mar Rojo construido por los Ptolomeos en el siglo III a.C. y que también fue un importante centro comercial con la India, tal como dejó escrito Estrabón (confundiendo, por cierto a Elio Galo con su predecesor):


Por fin, pasado el Mar Rojo y bajando por el Nilo hacia el delta, aquella desventurada expedición arribó a Alejandría, exhausta y fracasada, para encontrarse con un panorama no mucho mejor en Nubia. La kandake Amanirena, reina de los kushitas a la que Estrabón llama Candace y que parece ser que era tuerta, había aprovechado aquel medio año de ausencia para sacudirse el vasallaje a Roma, atacando Asuán y Filé, expulsando a los judíos de Elefantina y llevándose un buen botín. Amanirena incluso mandó enterrar la cabeza de una estatua de bronce de Augusto a la puerta de su palacio para que todos la pudieran pisar al entrar y salir, en un inequívoco y simbólico gesto de insumisión.

La Legio III Deiotariana, que en realidad únicamente sufrió siete bajas en combate, tuvo que aplazar su ansiado descanso para hacerles frente, pero no fue capaz de imponerse y el emperador destituyó a Elio Galo ese mismo 25 a.C., nombrando para sustituirle a su amigo Publio Petronio, del que tampoco se sabe gran cosa más que logró tomar Napata y forzar una negociación con los kushitas. La culminó cinco años después, en un tratado relativamente negativo para Roma, ya que implicaba una reducción de la frontera (quedó situada en Hiere Sycaminos, hoy Maharraqa) y la evacuación de varias guarniciones fortificadas.


Para entonces, Elio Galo ya había desaparecido de la Historia; no había podido triunfar en su misión, pero ésta tampoco fue un fiasco total, pues la experiencia de recorrer la península arábiga proporcionó abundantes datos geográficos de primera mano y fomentó el interés romano por abrir relaciones comerciales en esas latitudes. En el año 106 d.C., Trajano fue un paso más allá y anexionó al imperio el rico reino nabateo, tal como había imaginado Obodas III, creando la provincia de Arabia Pétrea y asignando su defensa a la Legio III Cyrenaica; el resto quedó libre, salvo esporádicos puestos y el vasallaje impuesto al Reino Himyarita.

Fuente:  https://www.labrujulaverde.com/

domingo, 3 de julio de 2022

COBRAR LA PENSIÓN EN LA ANTIGUA ROMA

 

LA PENSIÓN DE JUBILACIÓN EN LA ANTIGUA ROMA






Los emperadores pensaron que si tenían al pueblo con el estómago lleno y cada cierto tiempo les regalaban unos días de entretenimiento -vía luchas en la arena, carreras en el circo o representaciones en el teatro-, sería suficiente para tener a la plebe contenta y que nadie se cuestionaría sus decisiones de gobierno. Así que, siempre que no se rompiese la cadena de la felicidad (distribuir grano y celebrar espectáculos) todos contentos. Eso sí, de vez en cuando aprobaban leyes de carácter social nacidas de la mera observación de la propia naturaleza que, tal y como están las cosas, deberíamos plantearnos recuperar. Uno de estos ejemplos fue la Lex cionaria (Ley de la cigüeña), mediante la cual los hijos tenían la obligación de cuidar a sus mayores. Esta ley se promulgó tomando ejemplo de las cigüeñas: cuando éstas ya se valen por si mismas, pero son todavía jóvenes, se prodigan en los cuidados de los progenitores viejos o impedidos suministrándoles comida y protegiéndolos. ¡Qué sabia es la naturaleza y qué poco caso le hacemos!

En algún momento, alguien debió pensar: ¿y si además de cuidarlos les pagamos los «servicios prestados»? Y así lo hicieron.

El gran éxito militar de Roma se debió a la gran labor en el campo de la ingeniería, a los pactos, a alguna que otra traición… y, sobre todo, a las legiones. Estructuras militares organizadas, disciplinadas, con gran movilidad (podían recorrer 50 Km/jornada) y maniobrabilidad. Estaban compuestas por ciudadanos romanos que se alistaban voluntariamente -en épocas de guerra el reclutamiento era obligatorio- y, tras pasar cuatro meses de dura instrucción, debían permanecer en activo durante 25 años.  Cuando estos “veteranos” cumplían sus años de servicio se licenciaban (emérito) y recibían una parcela de tierra o una cantidad de dinero equivalente a la paga de doce años en tiempos de Octavio Augusto. En muchas ocasiones se fundaron ciudades para asentar a los jubilados, como Emérita Augusta -hoy Mérida-, que fue fundada por Augusto al licenciar a los veteranos de las legiones V y X tras las guerras cántabras. En otras ocasiones, eran los propios campamentos de las legiones los que formaron núcleos de población estable, como el caso de León que se fundó sobre el campamento de la Legio VII.

Queda claro que el convenio colectivo que firmó el Senado con Sindicatus, el representante sindical de las legiones, fue muy beneficioso… y duradero. Lógicamente, el personaje de Sindicatus es fruto de mi imaginación y de una película que siempre está en mi subconsciente cuando hablo de Roma, La vida de Brian de los geniales Monty Python. Así que, volveré a la realidad histórica para buscar algo parecido a nuestros sindicatos. A caballo entre un sindicato, un colegio profesional o gremio y la mafia local, tenemos los collegia.

Los collegia eran una especie de clubs privados en los que se afiliaban gentes de todos los estratos sociales -incluso esclavos- , con sus propias normas, vinculados a un determinado barrio, profesión o ritual de culto, y cuyo principio fundacional tenía que ver con cuestiones religiosas y sociales. En un principio, estas asociaciones tuvieron un papel relevante en la sociedad porque cubrían las carencias del Estado, beneficiándose los más pobres de las contribuciones de los miembros más ricos, como en los banquetes o sabiendo que serás enterrado dignamente. Supongo que para los más desfavorecidos de la sociedad eso de sentir que formaban parte de algo era muy gratificante… y beneficioso. Además, tenían su pequeña cuota de poder cuando se elegía a los diferentes cargos dentro del collegium. Y como ha ocurrido en demasiadas ocasiones a lo largo de la historia, algo que nace en beneficio de la sociedad, la ambición de los que caminan erguidos se encarga de destruir: algunos miembros utilizaron el poder de los collegia para dar el salto a la política, e incluso terceros, ajenos a los collegia, compraron su apoyo; los agrupados por pertenecer a un gremio quisieron controlar los precios de sus productos; otros collegia, imitando a las mafias, controlaban los barrios e imponían sus propios impuestos; se enfrentaban entre ellos por el control de determinadas zonas… un totum revolutum. Hasta que Octavio Augusto atajó el problema mediante la Lex Iulia de collegiis:

  • Quedan disueltas todas las asociaciones, salvo las de mayor antigüedad y reconocimiento en leyes públicas.
  • Las futuras asociaciones requieren una autorización individualizada del Senado para su constitución

martes, 28 de junio de 2022

PERVERSOS EMPERADORES

 La verdad tras las perversiones sexuales y los locos delirios de los emperadores romanos

No es oro todo lo que reluce... El historiador y arqueólogo Pedro Huertas sostiene que la propaganda y la leyenda negra forjaron los mitos más extendidos de los grandes dirigentes del Imperio






Antes de ascender hasta la poltrona imperial en el 235 d.C., Maximino era un valiente y exitoso jinete de las legiones. Albergaba el arrojo que le daba haber sido alumbrado fuera de las fronteras de Roma, en el interior de Tracia. Era un 'bárbaro', según la terminología de la Ciudad Eterna; pero uno dispuesto a combatir por la corona de laurel. Los cronistas escribieron de él que medía 2,61 metros de altura y que imprimía aliento a sus compañeros en los momentos de mayor peligro. Por todo ello, fue aupado al poder por sus compañeros cuando fue depuesto su predecesor, Alejandro Severo.

Hasta aquí, la cara de la moneda. Sin embargo, crónicas de la época como la 'Historia Augusta' extendieron también el lado más oscuro de este curioso personaje.

El texto en cuestión señalaba que «frecuentemente se bebía en un solo día un ánfora capitalina de vino», que «comía cuarenta libras de carne» y que «recogía su propio sudor y lo echaba en cálices o en una jarra pequeña». Y no fue lo único. Los autores clásicos dejaron constancia también de su barbarie, incidieron en que los ciudadanos romanos sentían pavor de él y juguetearon con sus extraños gustos sexuales; algo típico para defenestrar la reputación de los dignatarios.

Durante siglos, los expertos han engarzado sus textos basándose en las dos visiones de este personaje. Y como él, los de otros tantos. Sin embargo, el historiador y arqueólogo Pedro Huertas propone una tercera vía en su nuevo ensayo: 'Coronas de laurel, un caballo en el senado y la nariz de Justiniano' (Principal). Al otro lado del teléfono, y con un marcado acento murciano, afirma a ABC que debemos bajar del altar a los cronistas clásicos. Y no porque fueran perversos o falaces, sino porque eran humanos y estaban influidos por mil y un factores, desde sus filias y fobias, hasta el miedo a los gobernantes de turno.

«Maximino es el ejemplo más claro. Parece ser que le gustaba mucho comer y beber, de eso no hay duda. El problema es que los cronistas cargaron contra él porque era tracio, y por entonces estaba mal visto que un bárbaro estuviera la frente de Roma», explica Huertas a este diario. La conclusión es que ni siquiera la Ciudad Eterna estaba huérfana de leyenda negra. Y de la peor: la forjada en el interior. «No podemos saberlo con seguridad, pero es probable que le colgaran el sambenito de bruto por su origen. Le crearon un halo de zoquete a pesar de que aseguró las fronteras del imperio», completa el experto.




Propaganda contra emperadores

Lo que sorprende a Huertas es que, todavía hoy, tras años de publicaciones históricas, no hayamos entendido que hay que poner en cuarentena los textos de los autores clásicos. «Muchas veces hacían propaganda. Pero esto no es algo nuevo, viene desde el Antiguo Egipto». El ejemplo más claro se halla en la batalla de Qadesh. «Las crónicas del faraón Ramsés II afirman que este arrasó a los hititas, pero las de otros pueblos confirman lo contrario. ¿A quién creer? En realidad, a ninguno. Si ambas partes se atribuyeron la victoria es que es probable que todo quedase en tablas», completa.

Aunque el caso de la Roma imperial es el más claro. Para empezar, porque la mayor parte de los cronistas –que no historiadores– no eran coetáneos de los emperadores sobre los que escribían. «Gayo Suetonio Tranquilo y Publio Cornelio Tácito, que vivieron en el siglo II, hicieron las biografías de mandatarios del siglo I», añade. Cien años después, era inevitable que sus textos estuvieran influidos por la corriente de opinión –buena o mala– que se hubiera generado. «Es normal, querían agradar a los emperadores de la época, y lo hacían de dos formas: hablando de lo buenos que eran ellos y lo malos que eran los otros».

Otro de los problemas es que los cronistas solían nutrirse de la llamada historia oral, a la que Huertas define como la 'radio patio' de la época. Chismorreos que rondaban por las calles, habladurías de burdeles y calumnias de anfiteatro. «Habría apreciaciones con fundamentos verdaderos, pero estoy seguro de que también muchas exageraciones». Lo peor es que, cuando adolecían de información de primera mano, solían valerse de los clichés para dar forma a sus textos. «Es imposible saber en qué se basaban. Si en otros escritos, en lo que quedaba en el poso social o en sus propias vivencias. Debemos analizar todo esto antes de leer a los clásicos».

Por último, insta a observar la clase social de los cronistas para entender posibles inquinas contra los gerifaltes. Porque todo influye; hasta lo más mínimo. «Crearon una serie de clichés sobre los emperadores romanos. Algunos les veían como arrogantes ricachones con fama y poder que podían hacer o lo más bueno, o lo peor. Es como si no hubiera término medio». A pesar de todo, Huertas recuerda que, en muchos casos, tan solo tenemos los textos clásicos para acercarnos hasta la Roma más antigua. Así que aboga por la cautela, pero jamás por no dar validez a los Suetonio, Tácito y demás.


Tiberio y Cómodo

Entre los más damnificados por los textos de Suetonio y Tácito se halla Tiberio, nacido en el siglo I a.C., A caballo entre lo poco que quedaba de la República y el nuevo régimen, este emperador fue calificado por ambos cronistas como un enclenque que abandonó el poder en manos de sus subalternos. Huertas, sin embargo, recuerda que Veleyo Patérculo, un autor más cercano en el tiempo a este curioso personaje, opinaba lo contrario. Todo se debió a sus ideas políticas. Los primeros querían volver al sistema anterior, mientras que el tercero abogaba por la existencia de una familia imperial que estuviese por encima del Senado.

De esta guisa, no parece extraño que Suetonio escribiera lo siguiente de Tiberio cuando este se retiró a su residencia de Capri:

«Se dice que había adiestrado a niños de tierna edad, a los que llamaba sus pececillos, a que jugasen entre sus piernas en el baño, excitándole con la lengua y los dientes, y también que, a semejanza de niños creciditos, pero todavía en lactancia, le mamasen los pechos, género de placer al que por su inclinación y edad se sentía principalmente inclinado. […] Se afirma también que cierto día, durante un sacrificio, enamorado de la belleza del que llevaba el incienso, apenas esperó a que terminase la ceremonia para satisfacer secretamente su nefanda pasión, a la que tuvo que prestarse también un hermano del joven, que era flautista; luego les hizo romper las piernas, porque mutuamente se echaban en cara su infamia».

¿Realidad o ficción? Como todo, Huertas lo pone en cuarentena: «La retirada de Tiberio a una villa de Capri provocó muchas habladurías. Es posible que la sociedad empezara a extender que estaba loco o enfermo y que los rumos evolucionaran hasta explicar la anécdota de los pececillos». Con todo, y una vez más, no busca disculpar las supuestas barbaridades del emperador, sino abrir los ojos a la sociedad y llamar a la relatividad.

Otro de los que más golpes ha recibido por parte de los cronistas clásicos ha sido Cómodo, cuya imagen ha sido vilipendiada recientemente por la película 'Gladiator'. Lo más extravagante que se ha escrito sobre este emperador nacido en el 161 d.C. es que era coprófago. Así lo dejó sobre blanco la 'Historia Augusta': «Se dice que solía mezclar excrementos humanos con alimentos muy costosos, y que no se privó de degustarlos, pensando que así se reía de sus convidados». Más allá de que existe un tipo de esquizofrenia que provoca este comportamiento, Huertas cree que al autor «se le fue la mano con esta acusación».

Lo peor es que no fue la única. Tal y como explicábamos hace meses en este artículo de ABC, a Cómodo se le definió como un loco que luchaba con fieras y saltaba al anfiteatro para enfrentarse a gladiadores veteranos. «Se ha llegado a explicar que obligaba a sus enemigos a combatir con espadas de plomo para tener ventaja sobre ellos y no ser derrotado jamás», desvela el experto español. El problema es la persona que extendió estas ideas. «Quién escribió más sobre él? Dion Casio, un senador de finales del siglo II. La clave es que el Senado había tenido varios encontronazos con el emperador. Es normal que diese una mala imagen de él».

Huertas sentencia que no podemos conocer la verdad tras la supuesta locura de Cómodo, pero sí entender al personaje en su contexto. «Era un muchacho al que la muerte de su padre en Germania le atropelló con quince años. Heredó décadas de peleas con las tribus germanas, los últimos coletazos de una epidemia que había asolado Roma y una economía en crisis. Incluso le criticaron por firmar la paz con los marcomanos, cuando estaba sobrepasado». El autor más indulgente con este personaje fue Herodiano, quien cargó contra sus malas compañías, y no contra él. En parte llevaba razón, pues fue asesinado por uno de sus generales y una concubina...

Heliogábalo y Vitelio

Vitelio, nacido en el siglo I d.C., es la siguiente parada. Los textos le definen como un loco asesino obsesionado con la comida. El principal culpable de que, en la actualidad, creamos que los romanos vomitaban para seguir comiendo en los grandes banquetes. Así le definía Suetonio en sus textos:

«Sus vicios principales eran la glotonería y la crueldad. Comía ordinariamente tres veces al día y a veces cuatro, designándolos almuerzo, comida, cena y colación. Podía hacer todas estas comidas por la costumbre que había adquirido de vomitar. Invitábase para un mismo día en casa de diferentes personas y ningún festín de éstos costó menos de cuatrocientos mil sestercios. El más famoso fue la cena que le dio su hermano el día de su entrada en Roma; dícese, en efecto, que sirvieron en ella dos mil peces de los más exquisitos y siete mil aves. Su voracidad no sólo no tenia limites, sino que era también sucia y desordenada, no pudiendo contenerse ni durante los sacrificios ni en los viajes. Comía sobre los mismos altares carnes y pastelillos, que mandaba cocer en ellos, y por los caminos tomaba en las tabernas platos humeando aún, o que, servidos el día anterior, estaban medio devorados».




Heliogábalo, emperador a partir del 218 d.C., tampoco escapó a los tentáculos de la propaganda. La 'Historia Augusta' escribió que este adolescente de catorce años llenó una habitación de petálos de flor hasta el techo para ahogar a sus invitados. Y Dion Casio fue todavía más explícito: «Ofrecía sacrificios secretos, matando a chicos y usando encantamientos. De hecho, actualmente tiene encerrados vivos en el templo del dios un león, un mono y una serpiente, y arroja entre ellos genitales humanos». El autor español está en contra de estas afirmaciones: «Se ganó el odio de la sociedad por mezclar la religión siria con la romana, y eso le costó la pésima propaganda».

Al igual que con Cómodo, Huertas invoca el contexto. «Era un muchacho que vivía en mitad de Siria cuando se convirtió en emperador. Es posible que se viera sobrepasado por la situación y que se ganara odios entre la sociedad». Hace poco, afirma, han hecho una revisión de su figura en la serie 'Corazón del Imperio' que se asemeja más a la realidad. Aunque todavía queda trabajo en este sentido.

Nerón y Calígula

Con todo, existen dos emperadores que han padecido especialmente el odio de los cronistas. El primero ha sido Nerón (siglo II d.C.), al que ABC ha dedicado varios artículos en los últimos años. «Se le ve como el anticristo. Pero autores como Tácito son capaces de escribir de él que provocó el gran incendio de Roma y, dos párrafos más abajo, especificar también que creó hospitales para ayudar a los heridos», sentencia el autor. Los últimos estudios desvelan que no era tan bárbaro como le pintaban. Su figura empezó a ser odiada en la Edad Media, cuando se recuperaron textos que hablaban sobre sus extrañas filias sexuales. Algunos, como el siguiente de Suetonio:

«No hablaré de su comercio obsceno con hombres libres, ni de sus adulterios con mujeres casadas. […] Hizo castrar a un joven llamado Sporo y hasta intentó cambiarlo en mujer; lo adornó un día con velo nupcial, le señaló una dote, y haciéndoselo llevar con toda la pompa del matrimonio y numeroso cortejo, le tomó como esposa; con esta ocasión se dijo él satíricamente que hubiese sido gran fortuna para el género humano que su padre Domicio se hubiese casado con una mujer como aquélla».

El segundo de este triste grupo es Calígula (siglo I d.C.). «Dión Casio llega a decir que le odiaban tanto que se comieron su cadáver. Pero su mayor problema fue que intentó introducir cultos orientales en Roma treinta años después de la muerte de Augusto. Aquello volvió loca a la sociedad», sentencia. Lo que ha quedado de él, no obstante, son las barbaridades y las orgías que se han visto en la gran pantalla.



Fuente:https://www.abc.es/historia/

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